Tercer premio
MUJER, NO MONSTRUO
El relato que me dispongo a escribir os resultará familiar: trata la vida y maldición de una mujer que nunca tuvo la culpa de lo que le sucedió y, sin embargo, fue recordada por la sociedad y por la historia como la villana del cuento.
Hace mucho tiempo, en la lejana Grecia, había una mujer tan bella que todos los hombres atenienses suspiraban por su amor y soñaban con hacerla su esposa. Ella, no obstante, prefirió una vida alejada del hombre y cercana al templo, como sacerdotisa virgen de la diosa Atenea.
Esta libertad para elegir una vida religiosa que rechazara el matrimonio era criticada por aquellos que querían poseerla:
– Una mujer tan hermosa sin un marido que la disfrute es un desperdicio-decía uno.
– Ojalá su padre la vendiera a buen precio y acabara con su virginidad-decía otro.
A esto ella hacía oídos sordos y seguía con su labor providencial. Hasta que llegó el día de la tragedia. El dios Poseidón, atraído como tantos otros por su belleza, hizo uso de su poder y profanó el templo de Atenea, arrebatándole su virginidad en un acto cuyas consecuencias ella jamás olvidaría.
La diosa Atenea, tras conocer lo ocurrido, no sancionó a su tío Poseidón, sino que optó por convertirla a ella en culpable de su propia tragedia. Como castigo, transformó sus cabellos en serpientes infames y la condenó a convertir en piedra a todo aquel que sostuviera su mirada. Dejó de ser Medusa (que en griego significa “guardiana” o “protectora”) para convertirse en una Gorgona (que en griego significa “terrible” o “espantosa”).
Después de su fatídica conversión, fue apartada del resto de la sociedad y recluida para siempre. Hasta que, por segunda vez, un hombre poderoso le arrebató la vida y se lo nombró un héroe.
En Atenas no tardó en propagarse la noticia:
– ¿Has escuchado lo ocurrido, hermano? El honorable héroe Perseo ha rebanado la cabeza de Medusa y vengado a todos aquellos a los que ella convirtió en piedra. ¡Qué alegría, por Zeus!
– ¿Es eso cierto? No podría imaginar mejor final para semejante arpía. Debemos de estar orgullosos de contar con héroes tan audaces como Perseo. ¡Pronto habremos exterminado a todos los monstruos de la tierra!
Hace mucho tiempo, en la lejana Grecia, una mujer llegó al infierno cargando a sus espaldas la etiqueta de “monstruo” y sufriendo el asesinato como causa de su muerte fatal.
Al verla desembarcar acompañada de Caronte, el resto de muertos la señalaban e injuriaban:
– ¡Mirad quien se une a nosotros en esta morada angustiosa!
Ni más ni menos que la Gorgona, la víbora que ha acabado con más vidas de las que puede contar.
– ¿También nos vas a petrificar a nosotros, bruja, o con tu propia muerte te has quedado saciada? – ¡Deberían mandarte al Tártaro, a pudrirte con los de tu calaña!
Ella, por primera y última vez, respondió al pueblo y a sus críticas:
– Mi existencia, al completo, ha sido determinada por los deseos de otros y nunca por los míos propios. La avaricia del hombre ha condenado mi belleza, injuriado mi oficio y consumido hasta la última gota de mi desdichada vida, marcada por un dolor pétreo, injusto y eterno. No sabéis cuán amarga es la muerte cuando te permite recordar cada detalle de tu miseria.
Tampoco creo que podáis imaginarlo nunca, ni comprender a un corazón hecho añicos. Lo único que pido es silencio sobre mí, un silencio ensordecedor e inagotable que permita a la historia borrarme.
Dicho esto, se dirigió al lugar más hondo del Inframundo, donde nadie más pudiera reprocharle en muerte lo que había sufrido en vida.
Ana Benito García
Lorca (Murcia)
