Certamen de relatos cortos Rosalía Sala

Rango de edad: de 14 a 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 16 de abril de 2024

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click  AQUÍ

PREMIOS:

  • PRIMER PREMIO: Ordenador portátil, diploma y publicación.
  • SEGUNDO PREMIO: Teléfono inteligente, diploma y publicación.
  • TERCER PREMIO: Tablet, diploma y publicación.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

 

Rango de edad: Más de 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 16 de abril de 2024

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click AQUÍ

PREMIOS:

  • Lote de libros (valorado en 300€), diploma y publicación.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

 

 

Rango de edad: de 14 a 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 16 de abril de 2023

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click  AQUÍ

PREMIOS:

  • PRIMER PREMIO: Ordenador portátil, diploma y publicación.
  • SEGUNDO PREMIO: Teléfono inteligente, diploma y publicación.
  • TERCER PREMIO: Tablet, diploma y publicación.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

 

Rango de edad: Más de 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 16 de abril de 2023

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click AQUÍ

PREMIOS:

  • Lote de libros (valorado en 300€), diploma y publicación.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

Rango de edad: de 14 a 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 30 de abril de 2022

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click aquí

PREMIOS:

  • PRIMER PREMIO: Ordenador portátil.
  • SEGUNDO PREMIO: Teléfono inteligente.
  • TERCER PREMIO: Tablet

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

Rango de edad: Más de 18 años

PLAZO DE ENTREGA:

Hasta el 27 de mayo de 2022

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click aquí

PREMIOS:

  • Lote de libros (valorado en 300€), diploma y publicación.

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

PLAZO DE ENTREGA:

10 diciembre de 2020 al 30 de abril de 2021

BASES:

Consulta las bases para poder participar en el certamen haciendo click aquí

PREMIOS:

  • PRIMER PREMIO: Ordenador portátil.
  • SEGUNDO PREMIO: Teléfono inteligente.
  • TERCER PREMIO: Tablet

PRESENTACIÓN DE LOS TRABAJOS:

Los relatos se enviarán por correo electrónico a la dirección indicada en las bases del certamen y dentro del plazo indicado.

Relatos ganadores

Primer premio:

Nombre del relato: Por la educación como derecho inalienable

Autora:  Ana Fernández Ruiz

La habitación empezó a resonar con aplausos mientras subía los tres escalones necesarios para recibir el premio. A medida que daba un paso, surgían los recuerdos.
Primer escalón.
– Padre, ¿Por qué se nos somete a restricciones y limitaciones en cada paso que damos? ¿Por qué no tenemos acceso a la educación y a la oportunidad de seguir nuestros sueños? ¿Acaso no merecemos más que ser tratadas como simples objetos? Estoy harta de esta injusticia que nos ahoga a nosotras, las mujeres. Este régimen nos aplasta. Necesitamos un mundo donde nuestras voces sean escuchadas y nuestras vidas valoradas. Estoy lista para alzar la voz.
Sabía que su lucha por la educación había puesto un precio sobre su cabeza en cuanto abandonó su anonimato y empezó a hacer campaña pública a favor de la educación de las niñas junto a su padre, pero jamás imaginó que se enfrentaría a un intento de asesinato a sus 15 años.
Segundo escalón.
Despierto con la visión borrosa debido a las luces que me perforan el iris. No sé dónde estoy, solo siento una presión en la cabeza que me atormenta.
—Estás en el hospital. Has sufrido un disparo en la cabeza. Me comentó una mujer.
Llevo la mano a mi cabeza. No hay pelo en una determinada parte y siento el tirón de las grapas cerrando una herida. Me levanto de la camilla y lo primero que veo son las noticias, solo aparece mi cara en todas las pantallas, ¿me he convertido en un símbolo?
Tercer y último escalón
Noto como el autobús se para y veo todos los estudiantes aterrados por los talibanes. El sonido de los disparos resonando en mis oídos. Al instante de escuchar varios disparos siento un dolor punzante en la cabeza. La bala atraviesa mi cráneo. Pero, al mismo tiempo, emerge una sensación de determinación y esperanza que negará extinguirse.
Mi voz es un eco de resistencia que inspira a un futuro más justo para las mujeres. Apesar
del sufrimiento y los desafíos que he enfrentado a lo largo de mi vida, estoy decidida a continuar luchando por un mundo donde ninguna niña tenga que sentir miedo, por un mundo a favor del derecho a la educación. Lucharé incansablemente hasta conseguirlo.
Mi corazón sabe que este honor no es solo para mí, sino para todas las voces silenciadas, mujeres y niñas privadas de educación además de todas aquellas comunidades oprimidas que luchan continuamente por la paz y la justicia.
«Libraremos una gloriosa lucha contra el analfabetismo, la pobreza y el terrorismo;
tomaremos nuestros libros y lápices porque son las armas más poderosas». Soy, Malala
Yousafzai y mi voz es más fuerte que tu odio.

Segundo premio:

Nombre del relato: El secreto carmín

Autora: Natalia Ramos Pérez

Conforme camino hacia la plaza, los ojos que antes me ignoraban se clavan en mi nuca.
De pequeña asistía en silencio a los aquelarres que se celebraban en la cocina de nuestra casa.
Escuchaba anonadada a las mujeres hablar de sus pasiones, ambiciones y ansiada libertad. Poesía que se escribían unas a otras con sus manos delgadas de porcelana. Gritos de socorro, de rebelión… que alcanzaron mis oídos y ellas no volvieron a pronunciar.
Eran las mujeres del mañana. Afirmo que verdaderamente lo eran. Anacronismos en una época de ignorancia y mujeres calladas. Mas, en la utopía que idealizaban, eran libres. Una era médica, otra música, otra viajaba por el mundo y nunca regresaba. Yo, escribía.
Hoy me estremezco al figurarme que sus sueños no se realizarán nunca.
A los 6 años me enseñaron a leer, a guiarme por las estrellas. Compartieron conmigo sus recetas indefectibles, capaces de curar cualquier dolor. Algunos dirán que me convirtieron en una bruja. Pero nuestros cantos y risas eran indeleblemente mundanos.
Éramos felices, pero de la noche a la mañana, algún vecino indiscreto hizo pública nuestra pequeña convención. Y las mujeres, ahora vulnerables y descubiertas, no tenían dónde huir…
Las brujas leyeron todas las viejas poesías, bailaron en tacones y bebieron licor hasta el amanecer. La utopía se desmoronaba. Es el final de las mujeres del mañana.
Conforme ha asomado hoy el sol la muchedumbre enfurecida ha entrado en casa. Arrasando los recuerdos, las noches que pasamos, todas las cartas de promesas e ilusiones.
Levanto la vista para verlas exhibidas desnudas en la plaza. Culpables, sólo de pensar y creer. Han convertido sus muertes en un espectáculo y su causa en un motivo cómico.
Mi madre me mira desde su altar de muerte y sonríe. ¿Cómo puede sonreír?
A su lado, la mujer que me enseñó a leer. Solía acomodar sobre sus hombros su hermosa melena rizada.
La adoraba y ahora… Ahora llora, porque ni siquiera le han dejado eso.
La viajera, con el ceño fruncido, piensa en todos aquellos lugares que no visitó y en los días que no vivió. En los asesinos y violadores que vivirán para quemar a las siguientes brujas.
Hay una niña de quince años. Una niña que tiene dos hijos que gritan desde abajo: <<muerte a las brujas>>. El padre, al que ella dedicó tantos poemas, impasible.
La mujer que hubiera salvado mil vidas con sus medicinas, entierra con ella los conocimientos que nadie más descubrirá. En sus ojos no hay miedo, mas decepción…
La música es la que más llora. Llora tanto que casi la puedo escuchar sobre el griterío de la multitud.
Más que llorar, chilla. Su dulce voz se quiebra al su garganta morir con el llanto. La música de su corazón deja de latir e ignoran la balada que el viento silba para ella.
En una nube de fuego, mueren las mujeres que se atrevieron a soñar.
Las miradas inhumanas que observan sus cuerpos retorcerse descubren su agonía y aun así tiran piedras, insultan su dignidad, su sexualidad y:
– ¡Brujas!
Yo fui una vez una mujer del mañana. Sé que si ellas eran brujas, entonces las brujas son más humanas que los hombres. Sé que sus gritos en la hoguera, sus ojos de desesperación, su lucha… sé que eso es humano también.
Las mujeres del mañana son hoy brujas de carmín. En la misma casa donde ellas susurraron en la clandestinidad reúno esta noche a nuevas brujas. Brujas que escribirán en tinta roja para recordar a las primeras.

Tercer premio:

Nombre del relato: Mamá, te echo de menos

Autora: Natalia de la Calle Bueno

16/02/2011
Cada día me siento menos yo misma. Realmente no se cuando empecé a desaparecer, pero hoy ya apenas existo. Siento como me desvanezco cada vez que me toca, y aunque él pare, yo no paro de sentirlo.

17/02/2011
No entiendo por qué el hombre que alguna vez amé ha hecho de mi vida un infierno. Una
prisión de la cual no puedo escapar.
Sus palabras todavía resuenan en mis oídos como un eco constante, no son solo las cicatrices visibles las que duelen, ¿las internas también se curan con el tiempo?
La cárcel que es mi hogar se cierra aún más, y yo, con cada paso, voy dejando atrás trozos de mi identidad y dignidad.
18/02/2011
Fuera, donde desde pequeña he estado sometida a expectativas, las cosas no son mucho
mejores. Los estándares me envuelven como cadenas invisibles, apretándose con cada mirada desaprobadora. Mi existencia son simples expectativas impuestas por una sociedad que no conoce mis lágrimas y sufrimiento. Tantos roles que debo interpretar, tantos vacíos que debo llenar, pero todos son guiones que no me representan, que hacen que mi voz se desvanezca.
¿Qué sentido tiene todo?

19/02/2011
Hoy, el diario se siente más pesado. Como si las páginas fueran el reflejo tangible de mi carga.
Siento que la tinta de esta pluma es la única capaz de liberar las palabras atrapadas en mi
garganta, son todas esas lágrimas que no puedo derramar.
***
– Sara cierra el diario de su madre – ya no hay, ni habrá, más páginas. Le cuesta respirar. Tiene la visión nublada, no puede parar de llorar. La echa mucho de menos. Sobre la mesa, bajo la tenue luz de una lámpara, un periódico publica en su portada el caso de una mujer de 42 años hallada muerta en su casa, su marido detenido, y la hija a la espera de custodia. Todo encabezado por un “Se vuelve a perder la vida de una mujer a manos de su marido”.
***
Es agotador ver a tantas mujeres, con tanto potencial, desgastarse simplemente para ser
valoradas y queridas por lo que son.
Me destroza la realidad de la sociedad en la que vivimos. Porque una parte de mí muere con cada noticia de feminicidio, porque tengo la sensación de que todo está incompleto, y lo está, porque faltan palabras, porque no estamos todas.
Luego se extrañan de que luchemos unidas y gritemos al unísono que nos queremos vivas. Pero nosotras extrañamos poder caminar solas por la calle, extrañamos sentirnos seguras hasta en nuestro hogar y, sobre todo, extrañamos no tener que derramar lágrimas por las que ya no están, porque nos las arrebataron.
Por las que viven y han vivido en este mundo. Por todas.

Primer premio:

Nombre del relato: Cuándo yo.

Autora: Gloria Martín Rodríguez

Me encuentro en esa edad en la que ya es tarde para casi todo y, sin embargo, aún quedan años por delante para lamentar no haber sido.
Tiempo de tisanas estrogénicas y gelocatiles para enmascarar a duras penas el dolor mañanero de las articulaciones rígidas y un poco gastadas; de escudriñar surcos nuevos en la piel apagada y salpicada de manchas que me devuelve la imagen borrosa del espejo.
Ya no veo nada sin las gafas. De arrebozarme en la tristeza pegajosa del nido vacío y las
habitaciones cerradas, oscuramente silenciosas. De los planes sin mí.
En ocasiones todavía fantaseo con ese fabuloso viaje en tren tantas veces postergado:
Desde el corazón gélido de Rusia hasta la China milenaria, tras recorrer la vasta taiga
siberiana tapizada de coníferas. Me imagino chapoteando en las aguas transparentes del
lago Baikal y alegremente despojada de toda preocupación – si es que alguna vez
consiguiera relajarme – en alguno de esos templos budistas que salpican la insólita Ulán
Bator y que estudié en la facultad. O desparramando glamour en el coche restaurante tras
haber tenido tiempo y ganas de plancharme el pelo y pintarme la raya del ojo.
— ¿Le apetece un cóctel, señorita?
— ¡Oh, sí! Una mimosa, gracias.
Sería la primera vez desde que me casé que no tuviera que exprimir yo misma el zumo de
naranja.
Luego pienso que esos 5.280 euros ahorrados liando brócoli para el billete en el Gran
Express Transiberiano, estarían mejor empleados en el Máster Universitario en
Periodismo Multimedia que anda mirando mi Laura.
Y, en cualquier caso, la salud de mi padre no está para que yo me permita el lujo de
ausentarme los dieciséis días ininterrumpidos que dura la travesía, sin contar vuelos.
Aún no requiere de mi presencia permanente, pero hay que echarse un ojo para que no
fecundicen colonias bacterianas en las sobras sin refrigerar que almacena en los culos de
las sartenes. Y, sobre todo, para que no pierda ninguna de las innumerables citas médicas
que constituyen ahora los fundamentos de su, por otra parte, monotemática agenda
semanal. Estamos en esa fase rara en la que empiezan a invertirse los papeles y se
desvanecen, como el humo de esos cigarros que no debería fumar, la autoridad, la
autonomía, la fortaleza física y hasta la relevancia social de quien, hasta ayer, fue mi
referente y el mástil al que podía aferrarme incondicionalmente cuando venían peor
dadas.
Él nunca aprobó que yo abandonara mis estudios para ser madre y esposa en un
matrimonio que, con el tiempo, devino en escaso apoyo emocional, nula contribución a
las tareas domésticas y, finalmente, en una hermosa cornamenta sobre mi cabellera canosa
y generalmente despeinada. Qué quieres, no me daba la vida.
Siempre me maravillaron aquellas mujeres extraordinariamente bien conjuntadas,
cómodas en sus tacones, con el carmín impecable y la mecha perfectamente matizada,
que formaban parte del exclusivo y selecto club del café de los jueves, y con las que
coincidía en las reuniones del AMPA del colegio de las niñas. Si yo hubiera podido estirar
más mis largas y agotadoras jornadas, creo que lo habría dedicado a confraternizar más
con las de mi género. Seguro que hubiera encontrado consuelo en los aciagos avatares
que me ha deparado, hasta hoy, mi anodina existencia. Y que algo hubiera aprendido
sobre cómo enfrentarme a los monstruos que pisotearon, hasta hacerla añicos, la estima
que me debía.
Es tarde. Aún tengo que pasarme por la farmacia a reponer el estrovén – puñeteros sofocos
– y preparar las croquetas que le gustan a mi nieta, que mi mayor tiene hoy peonada en el
hospital.

Segundo premio:

Nombre del relato: El tercer arquetipo

Autora: Alicia Francisco Rodó

En su ensayo “El narrador” Walter Benjamin, preocupado porque el arte de contar
historias estaba tocando a su fin, distingue entre narrador y novelista y esculpe dos figuras
arquetípicas o estirpes de la narración oral: el marino mercante y el campesino sedentario.
Esos dos arquetipos, que corresponden a las figuras del viajero y del sedentario, conjugan
tiempo y espacio o, como escribe Benjamin, la noticia de la lejanía y la noticia del pasado.
Son figuras eminentemente masculinas.
Hay una tercera figura, soslayada por Benjamin, que corresponde al arquetipo
femenino de la cuentacuentos, que concuerda con personajes arquetípicos como
Sherezade, Mamá Oca o ese Anónimo que tantas obras ha escrito sin firmar. Lo anónimo
era por entonces lo femenino, o lo femenino era anónimo. Esa tercera figura o estirpe es
la hilandera o la tejedora porque sus enseñanzas eran como una red en la que todo
confluía, el estuario de un saber ancestral. La estirpe o arquetipo de la tejedora trasciende
el tejido espaciotemporal que urden el marino y el campesino. Angela Carter, en la
introducción a su recopilación de cuentos de hadas, hace referencia a esa figura femenina:
“Hablo de ella porque existe la convención europea de una cuentacuentos arquetípica: la
Madre Ganso, Mother Goose en inglés, Ma Mère l’Oie en francés. Se trata de una anciana
sentada junto al fuego de la chimenea que cuenta historias mientras hace girar la rueca o
le da vueltas al hilo”.
En su texto Benjamin conecta la narración oral con el tejer, pasando por alto que
en su origen el tejer parece ser una labor femenina. Relaciona el ocaso de la narración
oral con el ir dejando de tejer y de hilar. Escribe Benjamin: “Narrar historias siempre ha
sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de
retenerlas. Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta oído. Cuanto
más olvidado de sí mismo está el escucha, tanto más profundamente se impregna su
memoria de lo oído”.
Al acotarse a dos estirpes de narradores, Benjamin parece olvidar que la labor de
aguja era considerada como un hacer ancestral femenino y que, en muchas culturas y en
muchas familias, los cuentos eran el terreno de las mujeres, que los artes de narrar y de
tejer fueron durante siglos artes femeninos. El hilo, el cordón umbilical, lo llevan las
mujeres: Ariadna, Aracne, las Moiras o Parcas, Penélope, Filomela, Clitemnestra. Los
mitos grecorromanos que hablan de hilos y tejidos están protagonizados por mujeres
como, por ejemplo, Ariadna y el hilo que conduce al centro del laberinto o las tres Parcas,
que tejen el hilo de la vida de cada ser humano. El hilo de la vida es hilado en el huso de
Cloto, es medido con la vara de Láquesis y es cortado con las tijeras de Átropo.
Los hilos están entrelazados a las mujeres y, a su vez, el tejido lo está a la
narración. El tiempo del tejido, como lo es el tiempo de los cuentos, es abierto, dilatado,
difuso, colmado. El tejer es un momento de distensión en el que el cuerpo está
participando en una actividad mecánica, esa escucha desde el cuerpo, la mirada anidando
en el bordado, rehén de las tareas domésticas. La narración oral acompaña las tareas o,
luego, al anochecer, es el custodio del descanso. Las historias se cuentan en el marco
fenoménico de la cocina o del salón. Se cuenta cuando se descansa, en los momentos de
tregua o de aburrimiento, como escribe Benjamin, o cuando se va de visita a casa de
parientes o vecinos, pero también se cuenta cuando se teje o se cose. Se descansa en la
narración. La narración oral es un lugar compartido. Mientras que el hombre tomaba la
palabra en el espacio público, la mujer lo hacía en el espacio privado. Las voces de las
mujeres estaban ancladas en lo doméstico, en la economía de los cuidados, y sus
creaciones estaban relegadas a la costra de lo cotidiano. Los hombres escribían, las
mujeres contaban y, sin embargo, lo que permanece es la escritura.

Primer premio juvenil:

Autor: Mateo Argente Pardo (Albacete)

Título: Carta de Daphne

Desde niña he admirado las narraciones que me eran contadas, grandes peligros con aún más grandes protagonistas. Su tinta grabó con sangre en mi pecho cual quería que fuese mi futuro, ilusiones infantiles que se convirtieron en anhelos juveniles de una historia que siempre ha de acabar en tragedia. Sin darme yo cuenta, mi vida no ha sido más que la ensoñación de una existencia en libertad, un deseo que nunca tuve pues creía que ya disponía de mi propio albedrío. Imaginaba que las torres donde las princesas de mis cuentos fueron raptadas eran de verdad, y que toda aquella que no estuviese dentro, no estaría subyugada al carcelero, que eran las brujas y malvados. Y sin embargo, las cadenas que aprisionaron a las doncellas en sus altas estancias no habían desaparecido, sólo se habían dividido formando sus eslabones anillos y pulseras que nos atan a una vida diseñada por hombres ajenos a nosotras. En estos grilletes dorados se encastan las joyas, que no son más que el recuerdo de los bloques de granito en los que se erigía nuestro reposo ideal para muchos. Piedras preciosas las llaman en su afán de recordar, que son únicamente preciosas, porque en su brillo esconden las piedras que nunca quisieron retirar. La cárcel en la que hoy resido no es de hierro ni verjas, es de cumplidos y obligaciones, de ideas y sermones recitados por los carceleros que abandonaron sus vestimentas para acoger ropajes de eucaristía y paternidad. Y yo aquí me lamento, y alzo al cielo un grito de agonía, ¿qué es mi vida? ¿Qué valor ha de tener? Llena de ira y rabia, pues sigo sin entender quién es el que alberga tanto odio para mí. En mi alma pesa un sentimiento de envidia hacia el propio Segismundo, qué solo conociendo su parte de bestia se le dió a conocer cuál era su humanidad. Y negándola éste en sus quehaceres no solo fue recluido, sino que dos veces se le ofreció libertad. Y yo, que solo conozco la humanidad, soy reprimida a sucumbir a mis valores de bestia, obligándome a olvidar que en algún momento deseé ser libre. Tildada de monstrua por querer salir de este laberinto, de bruta por no querer sucumbir a la humana necesidad de arrodillarse ante la crueldad de los que no ven en mí más que un objeto, un ser despojado de sí misma, un nada conveniente para ser más un juguete que una igual. Llegando a esta pasión, no quiero volcanes hechos, ni corazones fuera de pechos. Solo quiero saber qué ley, justicia o razón no solo sabe quitar mi libertad, sino que también se atreve a desearme ser menos que un pez, un bruto, un ave y un cristal. Me niego a seguir sus normas, a ser su marioneta, su peón. No seré el bufón de cama que se vea en la obligación de satisfacer a sus señores ante deseos que nunca he compartido. Yo cargo hoy contra ti, villano invisible de mi historia, bruja malvada de cuento, tú que no eres más que todo lo que conocemos, tú que eres la sociedad que me ha querido criar y de la cual reniego hasta su última enseñanza. Prisión de la que soy reo por la simple voluntad de tener voluntad, por el deseo de libertad y de obtener la dignidad que como ser humano va implícita en mí, por mucho que lo intenten ocultar. Tú, que das a cada ciudadano el estatus de César para poder juzgar y sentenciar mi vida con un simple gesto en sus pulgares. Y sé que negándote seré una paria, un ser errante, sin casa ni mundo, pero cualquier destino es mejor que convertirse en tu sierva, en una hija de Bernarda Alba, en una compañera de Edmundo Dantes. Es por ello que hoy emprendo un viaje, hoy nazco, ajena a todo lo que simbolizas, a todo lo que nunca debería haber sido. Tus candados ya no prohibirán a mis ojos ver a la Luna en la fragua, a la aurora en los rascacielos. Me he de despedir ya de ti, injusta frustración pero antes solo dejaré escrito un último deseo, una última petición que el perfume de flor de cuchillo deje en ti su característica fragancia, asegurándote que nadie llorará por ti como lloró un granadino a las cinco de la tarde.

Segundo premio juvenil

Autora: Eunice Torres Santonja

Título: Pido perdón

Hoy me llamaste. Llegas tarde, como siempre. He sufrido, pensado y llorado tus burdas estrategias tantas veces, que tan solo te miro al intentar sonsacarme una disculpa por tus malas acciones. Empiezo a apretar los dientes al ver cómo te ahogas en tu propio relato, y recordando cómo creí cada retazo de él. Aquel año me sigue pareciendo terriblemente cercano, y cuando me preguntan por ti escondo los temblores de mis manos inquietas que todavía recuerdan el frío que emanabas.
Hoy que tu ficción ha caído, me permito recordar.
A mí, como mujer, me enseñaron a dar explicaciones por cada una de mis decisiones. Me inculcaron modales que se me exigen y que en ti, hombre, a menudo ni se esperan. Me dijeron que tenía que estar al cuidado de todos, menos de mí, y aun así ser perfecta y deseable. Me juzgaron por nuestro distanciamiento, mientras que a ti te justificaron, consolaron y animaron. A mí me culparon por hacer las cosas bien mientras me tratabas sin respeto ni decencia, en vez de dirigir su rabia hacia el causante de mi dolor.

Llegué a tener miedo de encontrarme contigo a la vez que ansiaba tu mirada. Quería que me vieses, y vaya si lo hiciste. Mi potencial, mi alegría y mi fuerza no pasaron desapercibidos. Para mi desgracia, también viste cómo me derretía cuando hablábamos. Cómo mi mirada se iluminaba cuando entrabas en la sala, y cómo asentía con cada tontería que decías. Tu ego, viéndome sin miedo, tan opuesta a ti, me convirtió en una amenaza, y por ello te propusiste acallarme.

Conseguiste que dejase de lado todo lo que era, lo que pensaba, lo que sentía. Mis días no contaban si tú no formabas parte de ellos, y te aseguraste de estar presente, de tenerme deseando distinguir una muestra de cariño entre los insultos.

Hoy escribo sobre ello, todavía como acto de rebeldía. Donde los demás veían humor, en
realidad había heridas, y tú lo sabías. Compensabas cada risa que me provocabas con una sucia mirada por encima del hombro. Me acuerdo del día en el que me quedé dormida de tanto llorarte, agotada por la paliza que le propiciabas día tras día a mi corazón.

Hoy, justamente porque me exigiste que no lo hiciese, escribo sobre ello.
Hoy, justamente porque en cierto momento conseguiste tu objetivo, ardo.
Ardo de rabia por todas las que hemos sido maltratadas y juzgadas por quien se aprovecha de las debilidades del corazón.
Ardo con pena porque me hiciste sentir culpable por todo lo que me definía, me alegraba
y me fortalecía.
Ardo con ruido, porque ya nunca más acallarás mi voz. Y sobre todo no ardo con vergüenza, porque por fin soy capaz de ver lo que pasó.
Tengo la esperanza de que esta llama llegue a otras mujeres, a otras jóvenes, a otras niñas que hayan podido encontrarse con cobardes como tú. A todas ellas les infundiré valor, les daré el espacio y la atención que les negasteis, y haré despertar la fuerza que llevan dentro para que continúen brillando por sí mismas.
Hoy, justamente porque así me lo enseñaron, pido perdón. Con la cabeza alta y
secándome las lágrimas, acompañada por mis heridas, mis amigas y mis hermanas a las
que nunca he conocido, más fuerte que nunca y sin miedo en el corazón; me pido perdón.

Perdón por no haberme escuchado, querido y cuidado.

Hoy me hago una promesa: nunca más.

Tercer premios juvenil:

Autora:  María Ruíz Herruzo

Título: La última noche en la lista de los niños malos

Córdoba, 8 de diciembre de 2020
Queridos Reyes Magos:
Este año no leeréis de mi grafía una carta que pida la paz mundial, o el fin del hambre en la Tierra, ni siquiera que todos los niños reciban algo por Navidad.
Y es que este año no me siento capacitada para pedir un solo deseo, ni un solo regalo; por no merecer, no merezco ni carbón.
Así que reformulo de nuevo el comienzo del párrafo con uno que confío que describe mejor mi situación actual:
Queridos Reyes Magos, este año me he portado muy mal. Y sé que parece una tontería escribir una carta para no pedir nada, pero en este caso sólo voy a pedir perdón.
He sido muy injusta. He llorado mientras rechazaba el plato sobre la mesa sabiendo que en la otra orilla del charco hay adultos disfrazados de niños que sonríen día tras día aun no teniendo nada que comer. Sabiendo que hay padres que tan solo a dos calles de la iglesia más cercana a mi casa, no tienen qué llevarle a sus hijos y yo, en mi egocéntrica burbuja, he desperdiciado comida con una venda en los ojos. Este año he oído a mi abuela al otro lado del teléfono con la voz sollozante pidiéndome que no me muera, que si no lucho por mí, que luche por ella. Que no asesine a su nieta, aquella niña tan dulce que fui y que ahora parece tan lejana, que se desvanece.
He prometido cambiar y seguir adelante, comerme una uva más, porque ya sabéis, cinco uvas están bien, pero seis ya son demasiadas. He contado calorías y he querido arrancar mi pellejo para verme al menos dos gramos más delgada y más frágil.
Y es que no sé cómo luchar contra el enemigo cuando el enemigo soy yo.

Soy la bruja y la princesa, y el caballero a la misma vez. Estas son las cosas que no nos enseñan los cuentos de hadas, ¿Qué se hace cuando el hada madrina está confinada? ¿Y si no hay nadie que me lleve al baile porque no entro en el vestido ceñido de la talla treinta y seis?
Tengo miedo “viejos amigos”, tengo miedo de verdad, no como cuando ves películas de miedo en plena madrugada, miedo real, palpable. También, quizás, es esa una de las razonas por la que no pido ningún regalo, porque no sé si llegaré a terminar el año, si me dará tiempo a darle un último abrazo a la gente que quiero, no sé si cuando acabe la pandemia yo también habré acabado. Si el veinticinco de diciembre estaré en casa encendiendo el velón de la corona de adviento o internada en un hospital.
No sé tampoco si llegaré a graduarme con el vestido negro de mi madre. Quizás, nunca dé mi primer beso, ni tenga una primera cita o el trabajo de mis sueños. Porque eso es lo más triste de esta enfermedad contradictoria, que me paso la vida planeando un futuro que probablemente no llegará. Me siento egoísta por robarle a mis padres el momento de mi boda, mi graduación o que una aguda vocecilla algún día tenga el honor de llamarles abuelos.
Queridos Reyes Magos, hoy, que es el día 183 desde que mi nombre quedó grabado en la lista de los niños malos y que olvidé el final del credo, no me alimento de comida, sino de remordimientos, a cada bocado, mientras cuento las calorías y las ajusto para que no lleguen a quinientas en un solo día.
Y para terminar quería pedir perdón a todas las personas que no abracé, a las que no he amado porque no he sabido amarme, a las que han llorado por mi culpa y a las que nunca fui. Pero ya es tarde, y sé que por mucho que me arrepienta, dormiré como mínimo una noche más en la lista de los niños malos.

Primer premio adultos: 

Autor: Salvador Vaquero Montesino

Título: Sin un beso de buenas noches

En este tiempo casi todas las tardes son oscuras y tristes, aunque salga el sol. Su vida parece haber entrado en un otoño nostálgico que anhela la primavera perdida. A menudo recorre las tiendas para ver las rebajas pero no quiere comprarse algún vestido porque piensa en su hijo Rodrigo, al que echaron del trabajo hace casi seis meses y siempre tiene necesidad de dinero. Igual que Teresa, la menor, que desde que tiene novio no deja de arreglarse como si fuera a un desfile de modelos. Le encanta verla salir hecha un pincel, dispuesta a iluminar las calles con su juventud y sus ilusiones, como ella misma treinta años atrás, cuando la vida parecía infinita y todos los meses eran abril, aunque hiciera frío o amenazara tormenta.
Ella se dispone una vez más a hacer la cena, tras abrir dos veces la nevera para comprobar que no tiene más elección que los huevos fritos o filetes con patatas. Se decide por los primeros, siguiendo su intuición de ama de casa. Por la radio escucha que los talibanes han tomado la capital de un país impronunciable y se apena de lo que dicen que va a ocurrirles a las mujeres que allí viven, quienes no podrán salir a la calle solas, tendrán que vestir como fantasmas y depender en todo de los hombres. Pobrecitas, piensa mientras saltea los huevos y los coloca en una bandeja a la espera de que lleguen sus hijos y su marido.
Pasan las nueve y media cuando aparece Juan, con la cara malhumorada del que ha perdido la partida en el bar de la asociación del barrio, como es su costumbre diaria desde hace años, tras salir del taller. Se queja de que los huevos están fríos y de que las patatas parecen chicle, por lo que ahoga sus penas en vino con gaseosa. Podrías haberlas hecho caseras, como sabes que me gustan, comenta mientras fija su atención en las noticias deportivas que echan por la tele.
Poco después llega Rodrigo, el pequeño, que tras fijar su vista en la bandeja dice que se marcha a la hamburguesería con los amigos. Teresa lo hace cuando Juan lleva ya veinte minutos roncando en el sofá. Confirma que tampoco va a cenar porque ha picado algo con las amigas y no tiene hambre. Entonces ella procede a retirar la mesa y tirar a la basura los huevos fritos con patatas, como de costumbre, esforzándose por hacerlo en silencio para no romper el descanso de su marido, ni interrumpir a su hija, que a esas alturas ha alcanzado el éxtasis frente a su móvil en el otro sillón orejero del salón.
Friega los platos, ordena la cocina y realiza en silencio su rutina diaria, como si de una oración se tratase, manteniendo la cadencia en cada movimiento para devolver cada cosa limpia a su sitio y dejarlo todo impoluto. No siempre fue así, aunque hace ya demasiado tiempo de aquellos recuerdos, cuando fue joven y atractiva, porque bonita la verdad es que nunca nadie le dijo que lo fuera, pese a que por entonces Juan era atento y cariñoso con ella. Mantiene aquellos recuerdos atesorados en la memoria, con la satisfacción de haberlos vivido aunque también la certeza de que no volverán jamás. En realidad no tiene constancia del momento en que dejaron de ser reales. Tal vez cuando nacieron los hijos y la vida se convirtió en una acelerada rutina sin un minuto para pintarse frente al espejo ni para disfrutar de una cena de pareja, aunque fuera en el bar del barrio. Luego, durante los años en que fueron creciendo los peques, se prometió que el día que se valieran por sí mismos las cosas volverían a ser como antes. Ahora se ha acostumbrado a la soledad, su más fiel amiga y compañera. Vive con cierta envidia las historias de amor de las telenovelas y sonríe alguna vez cuando reconoce algún paralelismo con su propia vida, aunque en la lejanía.
Cuando llega a la cama su marido está dormido. En la infinita oscuridad de su cuarto siente una vez más la punzada de la soledad, del tiempo perdido, de la responsabilidad de la economía familiar, y digiere las frustraciones cotidianas esperando que el sueño la arrastre a paraísos perdidos. Al fin se levanta y se marcha al salón para poner la tele y matar el tiempo, dejando a Juan roncando. Tras un paseo por las distintas cadenas termina anclada en el noticiario y vuelve a ver a las pobres mujeres de ese país impronunciable, escondidas bajo aquellos asfixiantes ropajes negros, sin más derechos que los que les otorgan los talibanes. Pobrecitas, piensa, mientras se siente pequeña y desvalida, lejana a los sueños de la adolescencia, y las lágrimas le afloran corriéndole por las mejillas, sabedora de que, como ellas, tampoco se dormirá hoy con un beso de buenas noches.

Segundo premio adultos:

Autora: Lourdes Sánchez García

Título: Perra vida

Dicen que las coincidencias existen, también el azar, el destino, el efecto mariposa y numerosos fenómenos que hablan de cosas difícilmente creíbles pero no increíbles. Y que, en alguna ocasión, hemos vivido o nos han contado. No son fenómenos corrientes que pasen todos los días, pero sí que dejan una pequeña huella, un recuerdo que va y viene en momentos particulares que lo evocan. A mí me pasó, hace un tiempo, algo que aún recuerdo con absoluta nitidez. Y que me sigue produciendo la misma sensación de tristeza, inquietud y temor. Incluso la misma opresión en el pecho que entonces.
Pasó así:
Iba al trabajo, como todos los días, a las 7.15, para llegar a las 8. Mi trabajo estaba bastante cerca de mi casa, pero la carretera cruzaba un paso a nivel y, a veces, teníamos que esperar más de 15 minutos a que pasara el tren. Ese día la barrera se bajó a las 7.30 y el tren no pasó hasta las 7.40. Lo sé porque miré varias veces el reloj del coche. En ese tiempo de espera pude contemplar una escena que me impactó. Cerca de la vía había una perra muerta, seguramente atropellada por un coche o por algún tren. Era una perra callejera, sin ninguna raza concreta, de pelo corto amarillo pardo. Estaba rodeada de su sangre que ya empezaba a secarse. Sobre ella un perro, de pelo también amarillo, pero más oscuro, intentaba montarla de todas las formas posibles. La perra permanecía lógicamente inerte, como si se dejara hacer. El perro no sé si sabría o no que estaba muerta, pero parecía darle igual, seguía el rastro de su olor. El olor a sangre de perra, daba igual que fuera sangre de perra reventada o perra menstruante. “Lo que importa es que es perra y huele a sangre”. Perra al fin, pensé.
Pasó el tren y reanudé la marcha. Llegué con el tiempo justo para aparcar. Encontré un aparcamiento a la derecha de la calzada. Un coche grande y gris estaba parado un poco más adelante.
No sabía si salía del aparcamiento o si iba a aparcar. El hombre que lo conducía estaba fuera del coche charlando con otro que parecía ser su amigo, por los abrazos y golpes en la espalda que se daban.
Pregunté desde mi coche:
– ¿Va a aparcar?
– No, no, espera, me voy enseguida.
Pasaron unos minutos y los dos hombres seguían hablando sin dejar de reír y de mover brazos. Pité, suave, una vez y el hombre me dijo con la mano que esperara. Esperé. Ya era tarde y no iba a encontrar otro aparcamiento. Entonces oigo:
– Oye tío, eso me lo cuentas mejor. Espera y aparco.
Yo no daba crédito. ¡Aquel hombre iba a ocupar el sitio que yo llevaba rato esperando! Le pité de nuevo, indignada, ni me miró. Se metió rápidamente en su coche y avanzó un poco para hacer bien la maniobra. Me di cuenta de lo que iba a hacer y me adelanté. Me metí en el hueco, subiéndome un poco en la acera y enderezando rápidamente el volante. No quedó del todo bien, pero aparqué. Cuando el hombre vio lo que había hecho yo, no lo que había hecho él, salió del coche como un energúmeno.
Con los dos brazos en alto. “Me mata”, pensé. Eché el seguro del coche y me quedé quieta mirando al volante y temblando. “Me mata, sí o sí me mata”.
– ¡Hija de puta! Saca el coche de ahí ahora mismo. Sal. – Zarandeó con las dos manos el coche, como si fuera “Hulk” y yo seguía igual, casi inerte. Sin responder y sin mirarle.
– Hija de puta, cabrona, sal de ahí que te cojo del cuello – Intentaba abrir la puerta del coche. Yo callaba muerta de miedo. Pero sin ceder.
– Perra, más que perra, hija de perra. Yo seguía callando. Aguanté.
Al fin se fue con su amigo dando un acelerón al coche que saltaron chispas del asfalto. Se había agolpado gente a mi alrededor que habían presenciado la escena y se preocupaban, indignadas también, por cómo me encontraba.
Yo salí como pude del coche. Digo como pude porque pensaba que me iba a caer. Nunca había pasado tanto miedo ni me habían temblado las piernas de esa manera. Parecía que no se asentaban los zapatos en el suelo, como si fuera de puntillas, del propio temblor. Y nunca, hasta ese día, me habían dicho “perra”.
Esto pasó un día soleado del 15 de julio de un año no muy lejano.

Tercer premio:

Autora: Ana Campos Serrano

Título: En fin

Bueno… Aquí me encuentro esperando a que venga de trabajar… Creo que ya lo tengo todo preparado: una cenita sana (esta mañana fui al mercado, compré el pescado, compré fruta, compré verduras… ¡Ay, qué precios! Tendré que pedirle que aumente el presupuesto mensual para el hogar, porque con tanta subida… No sé a dónde vamos a llegar. En fin), con la mesa puesta, su bebida favorita (que seguro que llegará con muchas ganas de beber… tras todo el día trabajando y trabajando… y yo aquí sin hacer nada. En fin), la casa toda limpita y ordenada (que le encanta que todo esté en su sitio, ay, y para eso estoy yo, que esta mañana estuve barriendo, quitando el polvo, fregando… todo, todito, todo ordenado y en su sitio, claro que sí. Que para eso se pasa el día trabajando y yo, que no trabajo en nada, le tengo todo ordenado y como le gusta. Claro que sí)…
No sé si después de cenar querrá salir a dar un paseo… Si es que traerá un cansancio terrible de tanto trabajar… Yo, por mí, no saldría a pasear, aunque hace buen tiempo. Si es que yo ya he salido de casa y tampoco me hace falta salir más, al fin y al cabo ya tengo bastantes ocupaciones con tener la casa ordenada… Aunque el otro día escuché en la tienda algo sobre nisflis. Dicen que ahí se pueden ver pelis y series… A veces me gustaría ver pelis y series, pero, claro, por la mañana tengo que arreglar la casa, ir al mercado, a las tiendas… preparar la comida (aunque esos días en que no viene a comer y me avisa cuando ya se me ha enfriado la comida en la mesa puesta sí que podría ponerme un rato a ver series y pelis… pero qué series y pelis… ay, no sé, si yo solo veo un ratito el telediario, aunque normalmente lo escucho mientras arreglo la cocina después de comer, de desayunar, de cenar… si es que es lo que le gusta, enterarse de cómo va el mundo y claro, si eso es lo que quiere ver… quién soy yo para decirle que ponga una serie. En fin. Bastante tiene con trabajar tanto y ver lo que quiera después de tanto trabajo… quién soy yo para decirle pon una serie, que me han dicho que hay una serie muy graciosa con gente vestida de antiguo y un conde que es negro. Fíjate tú, si en esa época los negros estaban esclavizados, pobrecitos míos… jolines, cómo se me va el pensamiento de un lado a otro… y se me echa encima la hora en la que va a venir de trabajar y yo aquí, pensando en condes negros… ay, si es que soy un caso… Todavía no sé cómo se decidió a pedirme salir, a mí, con toda la importancia que tenía cuando nos conocimos, con su belleza, su inteligencia… pues sí. Me escogió a mí. Menudo orgullo el mío y menuda suerte, por supuesto. Ni un conde se le compara, aquí en mi reino que es mi casa, estoy maravillosamente bien, ni qué nesflix ni pelis ni nada. Yo, a lo mío, que es mi casa, mis compras, mis limpiezas, que, por cierto, ya va tocando la limpieza general de verano. En fin…
En este momento se escucha una puerta que se abre, unos pasos que se adentran por el pasillo, unos suspiros de cansancio y una voz femenina que dice:
-¿Dónde está el rey de mi casa, cariñito? Ya ha venido tu mujer del trabajo. ¿Me tienes la cena puesta? Creo que hoy, después de cenar, me voy a poner la tele un rato. En el trabajo me han hablado muy bien de una serie de época, Los Bridgerton. Dicen de ella que incluso aparecen actores de color representando a personajes de alta clase social. ¡Qué curioso!
Y se oyen unos pasos rápidos, unos suspiros de alegría y una voz masculina que dice:
-Ay, cariñico, esposa mía que vienes incluso unos minuticos antes de tiempo. Claro que lo tengo todo preparado para mi reina.
Y le planta ese esposo abnegado un beso en la mejilla a su esposa, recién venida de trabajar.

Mención de honor

Autora: Estefanía Serrano Espí

Título: Aquellos ojos azules

Nunca pensé que aquellos ojos azules iban a estar tan presentes en mi vida.
Siempre me pareció una mujer interesante, su mirada me atraía no solo por la belleza de su color si no por lo que desprendía. Sus ojos azules eran un universo en el que perderse, el profundo y brillante azul se mezclaba con una mirada melancólica llena de vitalidad. Su sonrisa era amable y su voz…su voz era la de una mujer fuerte, segura de su posición, una mujer que reivindicaba su lugar en una sociedad que no la acompañaba. Era una mujer que rompía las barreras establecidas porque sí, luchadora, creyente y defensora de la igualdad entre hombres y mujeres, defensora de los jóvenes, era “una mujer adelantada a su tiempo”.
Siempre me recibía con su sonrisa y con sus brazos abiertos que venían seguidos de un abrazo y de un interrogatorio digno de la Gestapo, se interesaba, según la época, por mis estudios, por mi proyecto de futuro, por mi trabajo, por mis hijos, por mi salud…por mi vida. Recuerdo con nostalgia las largas conversaciones después de comer, a las dos en punto, en su cocina. Ella esperaba a que llegase de hacer las prácticas en el instituto, cada día me hacía contarle con detalle lo que había hecho en clase mientras me miraba con esos ojos azules que me atrapaban y después de escucharme, mientras me acercaba su arroz con leche, me relataba anécdotas de su etapa como profesora. Ahí descubrí que enseñar era mucho más que transmitir conocimientos, ella me insinuó el camino de lo importante que es conectar con los alumnos y de cómo podemos influir en su forma de ver y entender la vida, de lo importante que son los jóvenes y su educación para el futuro, la necesidad de sacarlos de las aulas para que vivan experiencias que los formarán como ciudadanos del mundo, a fin de cuentas ellos son el futuro y necesitan que los guiemos en su camino.
Siempre me gustó pasar tiempo con ella, sus explicaciones sobre la historia, su forma de entender la política, su visión feminista, fueron dejando poso en mi esencia hasta convertirse en un referente, creía en las “mujeres independientes y libres, orgullosas de ser mujer, capaces de seguir haciendo historia junto a los hombres en un plano de total igualdad”. Fue pionera en muchas cosas, luchó por tener su lugar en el espacio público y reivindicó su libertad de no volver a casarse tras enviudar. Consiguió sentirse y ser dueña de su vida; fue la primera pregonera de la Semana Santa, fue pionera en reivindicar su sitio entre los mayordomos de la Virgen de los Dolores, fue una de las primeras mujeres en tener carnet de conducir de su ciudad y en ser profesora de autoescuela, abrió una cuenta bancaria a su nombre, ocupó un cargo público en la política de entonces…reivindicó la igualdad social.
Siempre me conmovió la ternura con la que miraba a mis hijos, la dulzura con la que los acogía cada vez que la visitábamos y su emoción cuando se declaró su “bisabuela”. Ellos siempre la recuerdan como una “sabia” que explicaba muy bien, todavía hoy rememoran aquellas explicaciones de historia y de la familia, siempre la tienen presente y como ejemplo. Ellos siempre quieren volver a los lugares que les recuerdan a ella, quieren seguir sintiendo su presencia.
Nunca pensé que aquellos ojos azules iban a estar tan presentes en mi vida, en la de mis hijos, que iban a ser uno de los espejos donde mirarme. Aquellos ojos azules me atraparon cuando tenía 17 años y sigo dentro de ellos.

Primer premio:

Autora: Lucia Cárdenas Soldán

Título: Ella es libre

Sella sólo puede ser libre durante breves instantes, a solas, frente a un trozo de espejo roto.
Cada noche, mientras todos duermen, ella sale de su habitación sin hacer ruido, para no despertar a sus cuatro hermanas ni a sus padres. Lleva algo escondido entre sus ropas, algo que nadie sabe que tiene. Sigilosa, como si guardara el equilibrio sobre un mar de silencio, se dirige hasta la cocina y a la tenue luz de una lamparita que su madre suele dejar encendida. Se pinta los labios con una mezcla que ella misma prepara a base de clara de huevo, ceras, tintes… También se pinta una línea en los ojos con un pedazo de carbón humedecido y se queda contemplando fijamente el reflejo que le devuelve el trozo de espejo roto que guarda como si fuera su más preciado tesoro. Le gusta el reflejo de su mirada y, aunque siente mucho miedo, ella es feliz con lo que ve.
Nadie conoce su ritual, y muy pocos saben que se llama Sella, y que su verdadero nombre
significa “ella es libre”. Con apenas doce años recién cumplidos, Sella es la cuarta hija de las cinco que había tenido su madre, para disgusto de un padre que nunca entendió qué delito había cometido para que su Dios lo castigara de esa forma y no le diera hijos varones. Para una familia afgana no tener ningún hijo varón se considera una desgracia. Sella es una “bacha posh”, una niña a la que, a falta de varones, le tocó vivir una vida que en realidad nunca será la suya. Ser niña en su país, significa vivir encerrada en casa y no tener derecho a recibir una educación, ni trabajar. “Hija, tú serás un niño”, le dijo una vez su padre y desde entonces, todos la llaman Farid, un nombre que a ella le parece una condena y que significa “único e incomparable”. Viste como un muchacho y no necesita cocinar, ni limpiar, ni otras muchas cosas como hacen sus hermanas mayores. Pero tampoco puede jugar en público con la muñeca de trapo que encontró hace tiempo en
un contenedor, ni vestir las sedas que tanto le gustan, ni recogerse el pelo en una trenza. No, Farid no puede hacer nada de eso. Pero Farid tiene otros privilegios; le está permitido asistir a la escuela, pasear libremente en público, jugar en la calle, trabajar e incluso hacer algunos deportes prohibidos para las mujeres. Sus hermanas mayores la utilizan en numerosas ocasiones para poder ir a lugares donde, según las normas, no estaría bien visto estar sin compañía de un varón. Y Sella no puede decir que no, porque sus hermanas conocen algunos de sus secretos y la amenazan con decírselo a su padre, si no las acompaña al sitio que quieren. Sella teme mucho a su padre, más que a nada en el
mundo. Hace mucho tiempo que, resignada, aceptó ser el niño que tanto quería y que no tuvo.
Derramó muchas lágrimas y recibió muchas palizas cuando trató de ser quien su padre no quería que fuese, una mujer.
Y aprendió; aprendió a esconderse de los ojos de su padre y de sus hermanas; aprendió a ser invisible para que nadie la viera; aprendió a llorar sin hacer ruido y aprendió a ser mujer en el cuerpo de un hombre. Por lo tanto, durante el día, Sella no existe, ni su mirada, tan solo existe Farid y lo que otros quieren ver. Aún así, es más libre de lo que cualquier niña de su edad y cualquier mujer del país pueden soñar. Pero ella, en esa libertad que todas ansían, se siente más prisionera que nadie, y sus ojos se muestran tristes y vacíos, como dos abismos oscuros e infinitos.
Sella también conoce a otras “bachas” que son felices siendo quienes son, dicen que aquello es bueno, que les da más oportunidades y libertad. Pero ella no comparte ese punto de vista. Ella no puede ser feliz así. Porque, para Farid, aquellas cinco letras que conforman su nombre ficticio, se convierten en los cinco barrotes de la cárcel en la que le ha tocado vivir. Porque ella no es Farid, por más que sus padres lo amen a él más que a ella misma y, por supuesto, más que a cualquiera de sus hermanas. Aquel no es su cuerpo, ni su ropa, ni su vida y en realidad, tampoco aquella libertad de la
que goza es la suya. Sella solamente es libre cada día unos instantes, en las madrugadas, a la luz de una frágil lámparita, en el reflejo que le devuelve aquel trozo de espejo roto.
Sella, “ella es libre”, siente miedo porque sabe que esa íntima y secreta libertad de la que
disfruta tan sólo unos breves instantes, cada noche, es quebradiza y fugaz. Y tiene razón, aquella libertad que quería salir de sus ojos a la luz de una lamparita, en la cocina, se le escurrió entre los dedos, como si fuera de arena, la misma noche en la que se encontró con los ojos de su padre reflejados en el fragmento del espejo.

Segundo premio:

Autora: Julia Sotillo Martín

Título: El juego

Mi madre se nos acercó y nos susurró con voz suave: “Vamos a jugar a un juego”. Yo tenía nueve años, mi hermana once. Las reglas era básicas: cuando ella nos lo dijera (no importaba si estábamos haciendo los deberes, jugando a las muñecas o tomando la merienda) debíamos dirigirnos lo más rápido posible al pequeño armario que se encontraba debajo de la encimera de la cocina, y escondernos allí hasta que ella volviera a buscarnos. Dos reglas más: debíamos estar en completo silencio y no podíamos decir nada a nadie (ni siquiera a papá).
La primera vez que jugamos, me resultó sencillo. En cuanto mamá nos dio la señal, mi hermana me agarró del brazo y las dos nos dirigimos con paso rápido hasta nuestro escondite. Éramos dos niñas altas para nuestra edad pero, aun así, cabíamos perfectamente. El armario era oscuro y apestaba a humedad, pero la emoción del juego hizo que ignorara esos detalles. Mi hermana y yo esperamos impacientes a que nuestra madre regresara, hasta que unos veinte minutos después abrió con cuidado la puertecita del mueble. “Lo habéis hecho muy bien chicas”, nos sonrió. Y a continuación nos dio unas chocolatinas como recompensa.
Pronto se volvieron más frecuentes las veces que jugábamos. Aquel pequeño escondite se convirtió en nuestro lugar favorito de la casa y me encantaba compartir ese secreto con las personas que más adoraba en el mundo: mi madre y mi hermana.
Pero entonces, una noche, mi madre y mi padre tuvieron una gran pelea. Escuchaba sus gritos desde mi habitación y estaba muy asustada. Cuando las voces cesaron, mi madre apareció en mi cuarto. Tenía los ojos rojos y las mejillas sonrosadas. “Es hora del juego”, me dijo en un susurro. Yo me levanté de la cama con rapidez y le dediqué una gran sonrisa: si íbamos a jugar, no podría estar pasando nada malo. Me cogió de la mano y, sin hacer ruido, bajamos hasta el escondite. Cuando llegamos, mi hermana no
estaba allí. “Esta noche vas a tener que jugar tú sola, cariño”, mi madre me soltó y me obligó a meterme en el armario. “¿Dónde está?”, le pregunté. No sabía si sería capaz de jugar sin tener a mi hermana conmigo. Mi madre cerró la puerta antes de responder y supe que ya no podía hacer nada: el juego había comenzado. De repente, el escondite me pareció más estrecho de lo normal, más oscuro, más húmedo. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos y no podía evitar que salieran. Por suerte, al poco rato me quedé dormida.
Mi hermana no volvió a jugar conmigo. No sabía lo que hacía mientras yo me escondía en el armario, o por qué había dejado de jugar. Cuando le pregunté, se limitó a evitar la respuesta. Lo único que sabía era que desde que mi hermana no jugaba, aparecieron en su rostro y en sus manos unas marcas rojas muy extrañas, como heridas, las cuales también tenía mi madre, a pesar de que nunca las había advertido. Me molestaba que compartieran entre ellas algo que yo no tenía, y me molestaba aun más que me guardaran secretos. Fue por eso por lo que, una de las noches, cuando mi madre me llevó al escondite, esperé unos minutos para después salir del mueble y buscar a mi hermana. Fue la noche que perdí el juego.
Subí las escaleras con cuidado de no hacer ruido y me dirigí a la habitación de mi hermana. Salía luz por debajo de la puerta, así que la abrí despacio. Lo que había en el interior me asustó: mi padre estaba de pie frente a mi hermana sujetándola con fuerza de un brazo mientras le pegaba fuerte en el rostro. Él parecía furioso, y ella no paraba de llorar. Mi padre no se percató de mi presencia hasta que mi madre apareció por detrás y me apretó entre sus brazos con fuerza. Las dos habíamos comenzado a llorar. “Lo siento mucho, mamá”, le dije sollozando. “Lo siento de verdad. He perdido el juego”.

Tercer Premio

Autora: Miriam Jódar Sánchez

Título: Misoginia indomable

Oscuridad. Así se tiñe el inmenso cielo una noche como cualquier otra. Mis sentimientos se debaten entre la ilusión y la inquietud, es noche de fiesta y el momento para disfrutar tanto de mis amigas como de mí misma. Temprano comencé a arreglarme, escogí una de mis mejores galas, me maquillé y salí de casa tras despedirme de mi madre, quien siempre queda en vela esperando mi regreso. La alegría que siento es inenarrable.
Sábado, 23:30 hrs. Mis amigas y yo entramos al bar al que acudimos cada fin de semana. Conocemos de primera mano a su dueño, por lo que se respira un ambiente de seguridad y control, no hay de qué preocuparse. Saltar, bailar, cantar, reír… hacía tanto tiempo que no me lo pasaba así… “Tranquila, estoy bien”, mensajeo a mi madre. El júbilo que siento es inigualable.
Sábado, 0:00 hrs. La fiesta continúa, esta vez con más acompañantes. Un grupo de chicos se unió a nuestra pandilla. Comenzamos a charlar y pronto nos invitan a un par de copas. Sin embargo, un sentimiento intruso interrumpe mi alborozo. Dejé mi vaso sobre la mesa más cercana que encontré, agarrándome a ella para mantener mi equilibrio. Fue entonces cuando varios de los chicos se acercaron a mí, ofreciéndome salir a tomar el aire con ellos. Siento mi móvil vibrar en mi bolso, pero soy incapaz de sacarlo del mismo. La inestabilidad que siento es inexplicable.
Oscuridad, pero no, esta vez no es la del inmenso cielo, sino la que invade el interior de un coche en el que nunca había estado. Escucho voces y risas a mi alrededor, aquellas que no pertenecen a mis amigas, pues su tonalidad es bastante más grave. Apresurada, busco mi móvil para escribirles, pero no está.
Apresurada, miro mi reloj para saber la hora, pero no está, así como tampoco lo hacen mis zapatos, mi vestido y mi ropa interior. Solo percibo manos en mi piel, solo siento dolor, solo sé que no quiero estar aquí, solo sé que no puedo huir. La incapacidad que siento es inefable.
Oscuridad, pero esta vez es permanente. El sol volvió a salir como cada mañana. Sin embargo, sus rayos quedan atrapados en la opacidad de mi ataúd. Un mensaje de mi madre sin contestar y una copa sobre una mesa a medio terminar son los últimos rastros que quedan en este mundo de mí. Alguien llora, llora sin cesar. Alguien más ha sido asesinada, aunque aún se encuentre en vida. Ese alguien es una madre, una madre cuyas noches en vela ya no serán exclusivas de sábados, una madre cuyo último mensaje de su hija fue: “Tranquila, estoy bien”.
Sociedad cegada, que no abre los ojos hasta que se desenmascara la peor de las tragedias. Sociedad peyorativa, que los vocablos zorro y zorra no son percibidos por igual. Sociedad injusta, que un simple órgano dista realidades.
No te fijes en cuánto vello, carne o curvas poseo. No te fijes en mis medidas, estrías o formas que presento. Fíjate en mi piel, mapa del sufrimiento. Poseo su mano como tatuaje permanente, rasguños en mi espalda por los que fluye un riachuelo teñido de rojo que yace de mi interior, el mismo que se encuentra invadido por un inmenso miedo. Miedo a defenderme, miedo a protegerme, miedo a conversar, miedo a opinar, miedo a convivir, miedo a existir.
A ti, hombre maltratador, que te apropias de nosotras justificando tu supuesta supremacía. A ti, hombre dictador, que te atreves a levantar tu mano con el mismo furor con el que lo hace un juez para dictar sentencia. A ti, hombre caprichoso, que tu deseo es puramente intermitente, pues un día la deseas alocada en la cama y al siguiente en la cocina y callada. A ti, hombre incompasivo, apiádate de nosotras, pues tu existencia se debe a una de las mías.
Y a ti, mujer, que cumples con tus obligaciones viviendo en un augurio. A ti, mujer, que el temor te invade cuando la pregunta ¿qué hice anoche? se transforma en ¿qué me hicieron anoche? A ti, mujer, que eres histórica y no histérica, que el delantal es tu capa de superhéroe puesta al revés. A ti, mujer, que vives sin vivir en ti, que das la vida y el alma a un desengaño y tú, tú que lo probaste lo sabes… te deseo que seas feliz.
Pero no, feliz será el día en el que no falte ninguna, feliz será el día en el que al volver a casa seamos libres y no valientes, feliz será el día en el que desaparezca de los telediarios el término maltrato, feliz será el día en el que no se tenga que volver a leer este relato.

1ª mención de honor:

Autora: Eunice Torres Santoja

Título: Los recuerdos del olvido

Me siento pequeña en este gran tarro de ideas inmundas. Mientras nado buscando aire a
bocanadas veo de refilón gemas de colores tan brillantes como el sol. Intento no desviarme, pero si por algún casual lo hago e intento llegar hasta ellas resulta que no están. Las maravillosas ideas resplandecientes tan solo eran retazos de historias pasadas, frases sueltas o personajes cansados de ser creados. Prosigo entonces mi búsqueda de oxígeno, pero la cadena no me deja ir muy lejos. Me encuentro desde siempre atada, igual que todas, a una roca. En mi caso siempre estuvo ahí, y no molestaba, simplemente sabías que había un momento donde no podías ir más allá.
En este tarro estoy sola. Sé que hay otros, muchos más, pero al no ver cómo son a veces
el mío me parece un tanto extraño. Es colorido, pero los tonos muchas veces no son
bonitos. El agua es turbia y el cristal muy grueso, haciendo que sea difícil ver lo que
pueda haber fuera. Mientras nado mis pies rozan el límite del recipiente, y siento su
frialdad.
Llegó un momento donde la cadena dejó de gustarme, porque me dí cuenta de que esas
gemas brillantes en las que yo tengo todavía puestas mis esperanzas se encontraban en
una zona a la que no llegaba. Frustrada y harta intenté liberarme nadando con todas mis
fuerzas, pero ni siquiera tembló. Intenté tirar de ella subida a la roca, usando toda la fuerza de mi cuerpo, pero caí al agua desde lo alto. Fue entonces cuando vi, en lo profundo del tarro, varias piedras toscas. Eran esos miedos, esas historias inacabadas. Me acerqué a ellas y distinguí todos los títulos, me acordé de aquellas ideas que nunca se vieron reflejadas en ninguna parte, y esas que me hicieron perder el tiempo. Me conmoví tanto al darme cuenta de cuántos errores había cometido y ver que nunca me habían
abandonado; lloré tanto al acordarme de cuando pensaba que cada una de las líneas que
escribía construían un puente, una salida a un mundo donde siempre hubiese tiempo y
nunca faltasen ganas; que noté cómo me empezaba a mover. Abriendo los ojos me di
cuenta de que el tarro estaba llenándose con mis lágrimas y sus límites agrietándose con
la presión.
Sin esperar más cogí todas las piedras que pude y las empecé a estrellar, una tras otra,
contra el grueso vidrio que ponía fin a mi libertad. Y así, después de algo de esfuerzo, oí
ese mismo cristal romperse para siempre. Noté la formación de la ola que me llevó fuera
de todo lo que siempre había conocido, y vi como mis pies ya no estaban encadenados a
nada.
Llegué a un lugar donde el sol era más grande y potente de lo que habría podido imaginar.
En el agua había peces que reían ante las ridículas preocupaciones de otra especie a la
que llamaban humanas. No tardé en darme cuenta de que esta última se encontraba en la
misma situación que había vivido yo durante tanto tiempo. Corrían de un lado a otro,
aterrorizadas al pensar siquiera en dejar su modo de vida. Se clasificaban entre sí con
números, que a veces se referían a cantidad de amigos, de malas notas, de relaciones o de tragos de alcohol antes de vomitar. Me parecía todo bastante absurdo, ya que veía que a nadie le gustaba todo aquello. Las que eran repudiadas por esta jerarquía la odiaban por
obvias razones, y los que eran beneficiados se daban cuenta de que no les hacía mejores
que nadie. Aún así todos actuaban su papel, maldiciendo por lo bajo y acordándose de
cuando les preguntaron qué querían ser de mayores.
Eran preguntas trampa, cosas que se les decían de pequeñas para que tardasen más, como me pasó a mi, en darse cuenta de la cadena a sus pies. Daba igual lo que respondiesen, no se iba a cumplir solo porque lo quisiesen.
Cuando has roto tu tarro y has visto cómo intentan vivir los demás, te das cuenta de que
la cadena estaba ahí para que no pensases en lo que tenías, sino en lo que podrías llegar a tener sin ella.

2ª Mención de honor

Autor: Fco. Javier Fernández-Arévalo Fernández

Título: Mujeres

Esta es la historia de una mujer, de cualquier mujer que nació en la década de los treinta. Nació en la Guerra Civil. Sus primeros recuerdos son los de una madre siempre con lágrimas en los ojos.
Tenía dos hijos más y un marido policía que se encontraba en el punto de mira de los dos bandos que se enfrentaban en una lucha fratricida. Ambos bandos compartían la misma visión del marido: podía ser un traidor debido a su trabajo. No se lo imaginaba la esposa, se lo decían por la calle: “veremos lo que dura tu marido”, “vas a ser una viuda joven”. Así que las lágrimas que emergieron en ese momento, no dejaron nunca de fluir. El segundo era mucho más agradable, se recordaba a sí misma tirando del vestido de su madre a la vez que le decía “mamá ate”. Sí, chocolate, le gustaba y le sigue gustando mucho el chocolate. Pasó una infancia relativamente buena, a pesar de la posguerra vivían
acomodados con el pequeño sueldo y un trocito de tierra que cultivaba el padre cuando no tenía servicio. Juegos con los primos en el huertecito lleno de verduras y hortalizas y algunos árboles frutales, lo que lo convertía en una buena despensa. Juegos en su querida Alameda con los amigos que lo fueron para toda la vida.
Cuando acabó la enseñanza elemental, el padre le ofreció seguir estudiando o aprender un oficio. Eligió este último, era lo más habitual entre las chicas, aprender un oficio. Así aprendió a ser modista. En aquel taller pasó su adolescencia; también estaban sus amigas con las que paseaba por la calle Corredera en invierno, y por la Alameda, en verano. Tuvo pretendientes – ¡qué palabra tan tierna!-, y muchos. Finalmente, eligió al menos guapo de todos y al menos acomodado, pero que le ha acompañado durante toda su vida.
Una vida de familia con momentos muy buenos y otros momentos no tanto, pero luchando siempre. Vivieron como toda España: compraron un pisito, un Seat 600, una televisión… Y sucedió una nueva tragedia que marcó a todo el pueblo: la riada de 1973 que se llevó vidas y muchas cosas materiales en tiempos difíciles, en los que recuperarse de la pena y de los daños materiales era muy difícil. Esta tragedia no les dio de lleno. Siguió la lucha familiar y la lucha solidaria ayudando como podían. La vida siguió su ritmo monótono que, a veces, es lo mejor. La rutina, sin sobresaltos.
Esta mujer que nació en plena guerra ya sumaba otro hecho que marcaba su vida, pero luchaba desde casa. Sí, desde ahí, era ama de casa, de las que no trabajaban (ironía de la vida decir que no trabajaban esas mujeres); además de atender a los hijos, de mantener su casa perfecta, cosía la ropita de todos y era economista. En esa época todas las mujeres eran economistas, puesto que llevaban la economía familiar como el mejor banquero: atendían sus necesidades, se daban sus caprichos, y hasta podían ahorrar. Eso sí que era hacer malabares con el dinero. Y así pasaron los años.
La vida siguió su curso: nuevos miembros en la familia, pequeños disgustos, grandes alegrías; así se recuerda, aunque fuera al revés, pequeñas alegrías y grandes disgustos. Cuando parecía que nada iba a pasar ya, en el “remanso de paz” de la vejez sucedió otra catástrofe natural que les dejó en la calle: el terremoto de 2011. ¿Cómo pueden unos abuelos de unos 80 años ver todos sus recuerdos destrozados bajo los escombros sin derrumbarse? Esa mujer llorosa entre cascotes, miraba su ajuar cuidado durante décadas hecho añicos. Las lágrimas resbalaban silenciosas por su rostro. Nadie entenderá qué puede significar unas copas destrozadas para una abuela. Nadie valorará esa copa del
ajuar, comprado con tanto esfuerzo por otra madre sufridora pero primorosa, con tanto amor y dolor a la vez como ella lo hacía. Pero, como siempre, comenzó una nueva lucha, esta vez más emocional, ya que el peso de lo burocrático y material fue delegado en los hijos.
Y se volvió a reconstruir la vida. Vino otro remanso de tranquilidad, siempre relativa, porque esta mujer siempre ha sido una gallinita que envuelve y protege bajo sus alas a sus polluelos, nunca dejó de proteger a los polluelos mayores y, poco a poco, se iban incorporando otros. Cada día añadía preocupaciones, pero así eran estas mujeres, no se despreocupaban nunca para disfrutar de su merecida vejez.
Ahora, cuando cuentan más los días que descuentan de su vida, llegó una soledad impuesta.
Una pandemia azotaba el mundo. Estar confinados sin ver a sus seres queridos, disfrutar de su presencia, de los besos, de los abrazos…les restó vida. No era solo soledad, también sufrimiento. El sufrimiento consume vida, y eso es lo que menos va quedando. Todo se acumula en un corazón cada vez más lleno de cicatrices. Pese a todo, esta mujer siempre intenta tener una buena palabra para los demás, una cara de ánimo, aunque se consuma por dentro.
Su vida llega hasta hoy, momento en el que vive asustada por lo que está pasando en este
mundo. La guerra, el hambre, una especie de infelicidad generalizada que provoca su dolor, y siempre pensando en los demás, nunca en ella.

Primer premio:

Autora: Lourdes Banegas Hernández

Título: Soñé que era verano

Es jueves, la tarde es lluviosa y fría. En Madrid siento que siempre es invierno. Sueño con el sol, los colores,
la bachata, el merengue, los olores y sabores de mí país natal: República Dominicana. Lo abandone hace muchos años pero lo añoro, en especial a sus veranos. Mis nietos están rodeados de lápices, libretas, libros, cuartillas y de una gran paciencia para continuar estudiando. Vamos acabad, ya! Es la hora de la cena ! repito día tras día , en una inacabable letanía.

Y oyendo caer la lluvia en la uralita que tengo por tejado en el patio de la estancia donde vivo desde hace una eternidad, comienzo a soñar de nuevo con el verano y con mi niñez en la escuela de Santo Domingo.
Mis parpados caen con la rapidez del tiempo que ha pasado desde que estudiaba en la destartalada casita de madera convertida en escuela. Me encantaba aprender. Adoraba a mi maestra. Sueño que estoy sentada en mi pupitre viejo y ajado, compañero fiel de mis ilusiones. Hoy me va a dejar la maestra esa bola del mundo que ella arregla todos los días hasta convertirla en mágica. Mis ojos miran hipnotizados los océanos, montañas , países…. y mis deditos detienen sus giros en España. Ahí viviré de mayor pienso, acariciando el papel gastado y rasgado que recubre la bola que se mueve muy despacio y tambaleante, como mi abuela por su “mal de huesos”. Vuelvo a mis sueños y con una férrea determinación decido: Me iré a España, seré médico y curaré a la “ya, ya” y le compraré una bola del mundo iluminada a la maestra.

Mis ojos se abren y voy a preparar la cena: pica pollo, arroz y dulce de coco, trocitos de recuerdos y costumbres de pasado. Dejo de soñar y siento cada vez más lejos mi infancia y ya presente mi madurez que me pesa como el frio invierno de Madrid. Mi nieta llega de la Facultad y me da un fuerte abrazo.

Un día de verano la escuela se acabó, mi madre emprendió muy pronto su viaje hacia las nubes. Su ausencia sólo se me hacía soportable cuando pensaba que por fin descansaba de una vida de muchos partos, demasiados, de horas interminables de trabajo, de las palizas de mi padre y de la terrible falta de buenos recuerdos. Mis lecciones se cambiaron por trabajos en el campo con las cosechas de maíz, aguacates, papayas, guayabas….

La farmacéutica de mi pueblo agradecida por las buenas labores de limpieza de mi madre me acogió como “manceba” y pronto aprendí a despachar los remedios indicados y a preparar formulas magistrales que cada
vez alentaban más mi sueño de curar y aliviar las enfermedades. Seré la primera mujer doctora de mi pequeño pueblo.
Y a mis 16 años cumplidos, llego EL con flores, besos, poesía y con esos fascinantes ojos oscuros donde me perdía soñando futuros momentos de historia compartida. Un día me dijo: me voy a España, volveré a buscarte, seguro. Yo ya estaba embarazada de nuestro tercer hijo y convertí mi sueño en el suyo.

No llegaba dinero de EL, pero si mentiras disfrazadas de excusas. Mis sueños de irme a España se volvieron recurrentes e intensos, me llamaban a gritos hacia nuevas oportunidades y un diferente destino.

Con la maleta cargada de valor dejando a mis pequeños y al verano en la Isla emprendí mi aventura.

Lo encontré en Madrid, EL cogía la mano de dos niños con idénticos ojos oscuros a los que me habían enamorado. Comprendí y el frio invierno entró en mi corazón a la vez que EL salía para siempre.

Gracias a la solidaridad de mis compatriotas me instale en un barrio impregnado de olores, música, costumbres y gente de mi Tierra. Estaba en casa en un país diferente.

Tras interminables esfuerzos y jornadas de trabajo traje a mis pequeños a España, para cumplir otro de mis grandes sueños: ya podían estudiar, aprender, convivir con otra cultura si olvidar la suya.

El tiempo es imparable y mi nieta mayor también, por eso hoy vamos todas las mujeres de mi familia a la peluquería a acicalarnos como lo hace la mujer dominicana para los grandes momentos en los que regala belleza y alegría al mundo.

Vamos a celebrar que Yaira, mi nieta, hoy se gradúa en la Facultad. Es médico. Estoy viviendo el mejor de mis sueños. Y a pesar de los años de frio invierno en Madrid, lejos de los veranos de mi Isla no puedo dejar de pensar en una frase que mis nietos han pegado con un imán de República Dominicana en la puerta de la nevera:

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”

Mención de honor

Autor: Marcos Serna Calvo

Título: Realidades paralelas

Acabamos de dejar atrás uno de los meses de marzo más convulsos y repletos de noticias de actualidad tanto nacionales, como sobre todo internacionales, que recuerdo en mucho tiempo. Con motivo del 8M, palabras como mujer o feminismo son temas que copan portadas y titulares en los periódicos de tirada nacional. Este año no ha sido para menos, y aunque este asunto se haya visto eclipsado por la envergadura de otras cuestiones como el aciago conflicto bélico en Ucrania, el feminismo ha demostrado seguir siendo un tema que suscita el interés y la curiosidad de los lectores.
Es un hecho incuestionable que las mujeres desempeñan un papel fundamental
precisamente en las redacciones de los distintos periódicos y revistas en España. No
obstante, y como sucede en tantas otras profesiones, existe un muro entre la redacción y
el despacho de un periódico, que la mayoría de las mujeres no han podido escalar. Los
datos amparan esta realidad, y es que, según estudios especializados, apenas una quinta
parte de los artículos de opinión que se redactan en los principales periódicos nacionales
llevan la firma de una mujer. Y si nos atenemos a la estadística, la mayor parte de los
temas sobre los que versan sus escritos están relacionados con el ámbito de la salud, la
sociedad o los estilos de vida, ámbitos que tradicionalmente han estado reservados a la
figura de la mujer. Podría parecer casualidad, pero nos encontramos ante una tendencia
generalizada, que sucede no solo en nuestro país, sino también en nuestro entorno europeo de lo que nos gusta denominar «países desarrollados”. Si echamos una vista al pasado y analizamos de forma superficial la situación del espectro de países que forman parte del mundo occidental, podemos observar que los avances en materia de igualdad de género, y en particular en igualdad dentro de los cargos directivos, han mejorado de forma exponencial especialmente desde la segunda mitad del siglo XX. Como es lógico, todavía
en pleno siglo XXI nos queda un largo camino por recorrer, y es que la presencia de mujeres en los altos cargos todavía no termina de formar parte de la normalidad para la ciudadanía. Precisamente en este último punto encuentro una contradicción entre lo que observo como estudiante en el día a día y lo que sucede en el ámbito laboral. En este mes de abril tuve la oportunidad de acudir a uno de los múltiples Modelos de las Naciones Unidas (MUN) que se organizan alrededor de toda España. Estos eventos están
organizados principalmente por estudiantes universitarios con iniciativa para emprender
nuevos proyectos, y con la voluntad y el atrevimiento para llevarlos a cabo. Un hecho que
me pareció sorprendente fue la cantidad de mujeres que habían estado implicadas en el
proceso de desarrollo de la actividad, y la cantidad de mujeres que formaban parte de los
cargos con más responsabilidad del evento. Seguramente mi mente había estado todo esto tiempo nublada de prejuicios, ya que daba por hecho que la realidad que se vive en el
mundo laboral se extrapolaría al mundo estudiantil y juvenil. Como se ha podido comprobar, ya desde la juventud nos encontramos con una gran cantidad de mujeres,
tantas como hombres, con la iniciativa, el emprendimiento, y las dotes de liderazgo y
gobierno necesarias para dirigir y coordinar organizaciones y eventos. Mi pregunta ahora
es sencilla, ¿por qué cuando nos encaminamos hacia el mundo laboral esta situación no
se ve reflejada en los equipos de trabajo, en las empresas ni en los gobiernos?, ¿por qué
sigue existiendo una desigualdad de género tan notoria en el ámbito laboral, y en
específico, en los puestos que conllevan una mayor responsabilidad?, ¿por qué entre la
juventud nos encontramos con tantas mujeres dirigiendo proyectos, y en la adultez este
porcentaje se reduce ostensiblemente?, ¿cuáles son los motivos de que todas estas mujeres se “pierdan” por el camino?

La respuesta podría parecer intuitiva, pero la verdadera pregunta es: ¿estamos dispuestos
a que haya un verdadero cambio, o queremos que todo cambie, para que todo siga igual?

Primer premio:

Autora: María Montalvá Sanjuan

Título: La rosa entendió ¿Y tú?

“— Te amo — dijo El Principito…
— Yo también te quiero — dijo La Rosa.
— No es lo mismo — respondió él… — Querer es tomar posesión de algo, de alguien.
Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía…
Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para
completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.”
Victoria, yo sí te creo. No quiero detalles, no quiero lugar, no quiero pruebas, no
quiero saber quién, ni cuándo, ni mucho menos cómo. No quiero saberlo, quiero
justicia.
Tú amabas tu cuerpo, tu libertad y tu tranquilidad. Tú amabas tu salud mental, de la que
ahora careces. Tú amabas tus sueños profundos, que se han convertido en la repetición de la misma escena una, y otra, y otra vez. Él tan solo quería apaciguar sus deseos
momentáneos.
Carla, yo sí te creo. Después de cada mensaje, cada amenaza, cada llanto, golpe o
desprecio. Después de levantarte y volverte a caer. Después del infierno, quiero
justicia.
Tú amabas salir de fiesta sin hora de vuelta. Amabas quedar con tus amigos sin sentirte
culpable. Y amabas poder bailar en cada fiesta sin tener que dar explicaciones. Tú amabas las faldas cortas, y los escotes pronunciados. Amabas tú cuerpo, sin heridas, sin
hematomas. Él te decía que te quería, y quizás era cierto, quería arrebatarte la libertad.
Sandra, yo sí te creo. Te he escuchado en cada llamada, he escuchado tu voz
quebrada, tus pasos acelerados y los comentarios de fondo. Lo he escuchado y quiero
justicia.
Tú amabas ponerte los auriculares de camino a casa. Amabas pasear tranquila observando la luna. Tú amabas ir por los callejones para llegar antes, y que tu única preocupación fuese el dolor de tus pies por culpa de los tacones. Él solo quería darte miedo o quizás algo más, quién sabe si no hubieses salido corriendo.
No hablaré con tapujos, no tengo miedo, o por lo menos ya no. A mi amiga Victoria la
violaron el pasado septiembre. Mi amiga Carla lleva dos años y medio en una relación
tóxica. Y mi amiga Sandra me llama todos los sábados de camino a casa por miedo. Y
no, no es una historia más, es la cruda realidad. Son mis amigas, pero podría haber sido
yo, podrías haber sido tú o podríamos haber sido cada una de nosotras.
Todas mis amigas amaban su vida, un amor a aquellas cosas cotidianas que se desvaneció por los caprichos de algunos individuos. Y es que hay una clara diferencia entre amar y querer. Una clara diferencia entre un comúnmente llamado «príncipe» y el principito.
La Rosa entendió, entendió que el amor es un sentimiento desinteresado. Entendió que
todo el mundo debía hacer aquello que amase sin que nadie tuviese el derecho de
arrebatárselo. Entendió que el amor no duele.
“—Ahora lo entiendo —contestó ella después de una larga pausa.
—Es mejor vivirlo —le aconsejó el Principito”

Segundo premio:

Autora: Carmen Sanz Valero

Título: Lo dijeron ellas antes.

No podía ver nada, pues, cual relámpagos, las imágenes de una vida pasada acudían a sus párpados, cansados ya de luchar contra las lágrimas que se acumulaban, contra la escena proyectada más allá de ellos. No eran más que unos muros que nada hacían contra los incesantes impactos. Como una lluvia de pequeñas estocadas, su piel se abría con cada gota plomiza del manantial, llevándose consigo una parte de sí misma. Se escuchaba un eco, un murmullo lejano, una melodía ahogada por el latido desenfrenado de su propio corazón.
“Bruja” decían las voces. Fue entonces cuando sus labios se curvaron y una risa salió de
ellos. Si renunciar a su conocimiento científico la convertía en bruja, que así fuese. Y ahí, con la piel al descubierto y la sangre manando de ella, yacía una de las primeras filósofas y matemáticas de la historia; la mujer que dedicó su vida al estudio de la astronomía, el álgebra y la geometría; la inventora del densímetro. “El que influye en el pensamiento de su tiempo, influye en todos los momentos que le siguen. Deja su opinión para la eternidad” (Hipatia de Alejandría).
Su mirada, aunque clavada en la pared, no repasaba las finas rendijas entre las piedras ni el sobrio color de las mismas. En sus ojos se podía ver una luz tenue que, como una vela consumida, se iba desvaneciendo y, con ella su vida. Una vida, sin embargo, marcada por la valentía y la fuerza, una vida digna de admiración. De vez en cuando el silencio sepulcral que envolvía su habitación del convento era quebrado por una trémula carcajada cada vez que echaba la vista atrás, puesto que invocaba un reflejo de lo que fue, de aquellos días en los que se vio inmersa en la querella de las mujeres. Al fin y al cabo, sus escritos y su trabajo, firmados bajo su propio nombre, fueron capaces de mantener a su familia. Y ahí, con la mirada perdida y los latidos contados, yacía la autora de esas obras en las que más que palabras eran batallas que combatían la misoginia, esas que acabaron por convertirse en la base de los manifiestos de movimiento feminista. “La excelencia o la inferioridad de los seres no residen en sus cuerpos según el sexo, sino en la perfección de sus conductas o virtudes”(Cristina de Pizán).

El humo azotaba su piel, el infierno se desataba a sus pies y ella, amarrada e inmóvil, observaba impasible el espectáculo. El remolino caótico de llamas, humo, gritos y dolor ocupaba un segundo plano ya que, en su cabeza, volvía a escuchar las voces, sus voces, esas que la llevaron tan lejos, esas que lo empezaron todo, esas que supusieron su principio y también su fin. Las llamas ardían de igual manera que su sangre ardía en el campo de batalla y el fuego la devoraba ahora a ella del mismo modo que en un pasado devoró a sus enemigos.
Los mismos a los que ella condenó y venció ahora la condenaban a ella, mas no vencen, no a ella al menos, no a la Doncella de Orleans, no a la que, enfundada en vestimenta masculina, consiguió la aprobación de su monarca y reconquistó sus tierras. Y ahí, inmóvil y consumida por las llamas, yacía la humilde, devota y rebelde heroína de Francia. “Mejor la integridad en las llamas que sobrevivir en la imitación de la verdad. Si así lo deseáis llevaré de nuevo ropa de mujer, pero en lo restante no cambiaré” (Juana de Arco). Mary Wollstonecraft, educadora, filósofa y escritora, una vez dijo: “[…] una niña a quien no se le haya apagado el espíritu por la inactividad o se le haya teñido la inocencia con la falsa vergüenza siempre será traviesa […]”.

Virginia Woolf, escritora y defensora de las mujeres, una vez dijo: “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Flora Tristan, escritora, pensadora y feminista, una vez dijo: “En la escala del amor, la mujer está unos peldaños por encima del hombre. El día en que el amor domine sobre la violencia, la mujer será la reina del mundo”.
Son sus voces las que hacen historia, las que permiten convertir un pensamiento en un
movimiento, las que liberan, las que defienden, las que comprenden, las que luchan por las mujeres olvidadas en la historia, por las palabras que son ocultadas y por las voces que son acalladas. Lo dijeron ellas antes, pero ¿por qué callarnos ahora?

Tercer premio:

Autora: Julia Romero Sánchez

Título: Mamá, yo también soy princesa

“No sé en qué momento se me ocurrió que abrirme a mi entorno era una buena idea. Quizás se me fue de las manos, o quizás no. En fin, yo solo era una niña… Siempre me decías que debía ser “educado”, que no debía rendirme y que los hombres no lloraban, pero papá fue el primero en hacerlo cuando dije como me sentía. ¿Él tampoco era un hombre? No lo sé, pero prefiero no hablar de muertos, eso siempre trae mala suerte.
A mi hermana le comprabas vestidos y faldas muy lindas, pero cuando yo pedía uno solo me gritabas que no podía llevarlos, porque según tú, eso no era cosa de hombres. Aunque mamá, lamentablemente para ti, actualmente cualquiera puede llevarlos.
La palabra “hombre” daba vueltas en mi cabeza a todas horas y a ti realmente no te importaba si eso me causaba pesadillas… Claro, con diez años eso era normal, pero déjame decirte que no, mamá. Nunca fue normal y nunca lo será.

Después de mucho insistir, a los doce conseguí empezar mi transición, ya sabes, ser yo
mismo, y pensé que estarías orgullosa de haberlo logrado, pero me gritaste y tiraste mis cosas por la ventana. ¿Por qué no pensaste en cómo podía dolerme? Porque solo te importaba ella.
Cuando pude cambiar mi nombre y llamarme Emma oficialmente, pensé que sería aceptada, ya era legalmente una mujer y estaba en la edad de disfrutar, pero mis compañeros de clase no lo veían igual. No quiero culparte de que me pegaran y me quitaran el bocadillo todos los días pero, quizás si hubieras hecho algo o luchado un poco, no me habrían empujado contra el extintor y no me habrían expulsado de la ESO, en fin… El tiempo ya ha pasado y no es momento de pararse a pensar en todo lo que se pudo haber evitado, supongo que lo mejor es vivir el presente. Al menos, siempre decías eso.

Tan solo quiero escribir esto como una despedida, aunque no sea del todo oficial. No sé qué pasará conmigo en las próximas horas, pero quiero contar contigo a pesar de todo. Sé que hemos discutido mucho a lo largo de mi infancia, pero al fin al cabo eres mi madre, y ya que este probablemente sea mi último día con vida, quiero decirte algo: Gracias por todo, ha sido un placer formar parte de tu familia, pero… Mamá, yo también soy princesa”.
—Y con esto… —aquella chica rubia de no más de 30 años que se encontraba leyendo un libro de tapa gruesa con otra chica en su portada, levantó la cabeza y observó al resto de personas que la escuchaban atentamente. —Doy por concluida la presentación de mi nuevo libro “Mamá, yo también soy princesa”, donde podréis encontrar una recopilación de cartas que mi hermana dejó a mi madre antes de fallecer a manos de unos seres inhumanos que fingen ser buenas personas y que cuando menos lo esperas, golpean hasta la muerte a una joven tan solo por ser transexual. Pero, ¿cómo somos tan cobardes de pedir igualdad de condiciones entre hombres y mujeres cuando somos las primeras que discriminamos a personas como Emma? ¿No decíamos que las mujeres nos apoyaríamos toda la vida? —aquella chica soltó una carcajada y levantó la cabeza, dejando ver un rostro completamente empapado en lágrimas. —Gracias por demostrarme que todas fingimos ser algo que no somos, y al igual que mi hermana tuvo que fingir ser un hombre durante doce años por culpa de la sociedad, estas personas han fingido ser amables con el resto solo para ser queridas, pero déjenme decirles algo: si el mundo no hace justicia, lo haremos mi libro y yo, y no vamos a permitir que nadie más fallezca por culpa de incompetentes como ellas —la joven cerró el libro de golpe, provocando una ovación de gritos y aplausos por parte de un público que llevaba escuchándola en absoluto silencio desde que había comenzado. Ella también era una princesa.

Era esa princesa.