Segundo premio
LA VOZ DE RUFINA
Durante años, Rufina hablaba despacio. Tan despacio que la mayoría de las veces nadie la escuchaba. O quizás no querían hacerlo. En su casa, su mamá le decía que las mujeres se veían más bonitas cuando callaban, y su papá, sin levantar la vista del diario, asentía.
En la escuela, aprendió a levantar la mano con timidez, sabiendo que su momento nunca llegaría. En la adolescencia, cuando quiso decir que no, su silencio fue interpretado como un sí.
Aprendió a sobrevivir en la quietud y el silencio. Creció como una sombra entre las voces de los demás. Se convirtió en una persona sumisa, aquella persona que sólo escuchaba, sólo asentía y decía que sí por temor. A sus veintiocho años, trabajaba en una oficina, en un cubículo sin ventanas. Su jefe le daba instrucciones sin mirarla a los ojos. Sus compañeros no sabían que tenía una risa aguda y hermosa, porque nunca la habían escuchado. Ella tomaba notas, hacía café, corregía errores que no le pertenecían.
Un día, cuando salió del trabajo, entró en una librería para refugiarse de la lluvia. La tienda olía a papel viejo, y una campanita sonó cuando cruzó la puerta. No había nadie, sólo una mujer de cabello blanco, sentada detrás del mostrador, leyendo un libro sin título. Rufina recorrió los estantes con la mirada, sin saber qué buscaba. Entonces, entre libros de autoayuda y novelas olvidadas, vio uno que parecía hablarle.
Era un cuaderno, en blanco. Pero cuando lo tocó, sintió un leve temblor en los dedos, como si el objeto estuviera vivo y llamándola. «Ese es especial», dijo la mujer del mostrador sin dejar de leer «Solo funciona si tienes algo que decir». Rufina se lo llevó sin preguntar cuánto costaba. No recordaba si lo había pagado o si la mujer simplemente se lo había entregado.
Esa noche, escribió su nombre en la primera página. “Rufina”. Después, sin saber por qué, escribió algo que no había dicho en voz alta en años: “No fue mi culpa.” En el momento que el lápiz tocó el papel, la habitación se llenó de un murmullo leve, como si mil voces hablaran a la vez. Rufina se asustó, pero no dejó de escribir.
Durante semanas, escribió cada noche. Cosas que nunca dijo. Cosas que quería gritar. Cosas que había enterrado tan hondo que casi habían desaparecido. El cuaderno absorbía todo, y cada palabra parecía alivianar esa carga tan pesada que tenía sobre su cuerpo.
Un día, cuando llegó a la oficina, su jefe le pidió, como siempre, que preparara la reunión. Esta vez, sin pensarlo, ella dijo: «No». Una única palabra. Pero en su garganta sonó como un trueno.
Todos se giraron a mirarla. Su jefe parpadeó, confundido. «¿Qué dijiste?» «Dije que no. Hoy no voy a hacerlo.» Nadie dijo nada. Pero algo cambió. No en los demás, sino en ella.
Esa noche, el cuaderno le devolvió una página escrita con su propia letra: “Ahora hablas. Y te están escuchando.” Desde entonces, Rufina empezó a hablar. Primero en voz baja, luego con firmeza. Dijo lo que quería, lo que pensaba, lo que soñaba.
Empezó a ir a una clase de teatro, aunque le temblaban las piernas. Leyó en voz alta sus textos frente a extraños. Un día, subió a un escenario y contó su historia: cómo había callado tanto tiempo, cómo había sido tocada sin permiso, ignorada, silenciada, apagada. Y cómo, palabra tras palabra, había comenzado a reconstruirse.
El público no aplaudió de inmediato. Hubo un segundo de silencio denso. Después, una mujer entre la multitud se puso de pie y comenzó a aplaudir. Otra la siguió. Y otra. Y otra. Rufina lloró, pero esta vez no se sintió débil. Lloró como quien riega una tierra seca.
El cuaderno se llenó. En la última página escribió: “Soy mi propia voz.”
Volvió a la librería para devolverlo, pero la tienda ya no estaba.
En su lugar, había una cafetería. Cuando preguntó por la señora de cabello blanco, nadie supo de quién hablaba. Pero no importaba. Rufina ya no necesitaba el cuaderno. Su voz estaba con ella. En su garganta, en sus palabras, en su cuerpo.
En su historia.
Y esta vez, no pensaba callarla nunca más.
Julia Casas
Málaga