Segundo premio
LA MUJER QUE HABITÓ EN MÍ
Había vuelto a la casa vacía tras demasiados años. Abrí cajones sin buscar nada, hasta que apareció: una libreta azul, vieja, con un unicornio a lápiz. Dentro, una frase torpe: “Cuando sea mayor, quiero volar y que nadie me diga que no.”
La reconocí. Era mi letra de niña. Era yo.
Pasé las páginas: dibujos, palabras sueltas, estrellas, capas rojas, dragones. Y ahí volvió. La voz que había callado tanto tiempo.
—¿Te acuerdas de mí? —dijo.
—Sí —contesté—. Te olvidé cuando empezó el miedo.
La niña que soñaba con ser astronauta. O poeta. O libre. La que escuchó: “Eso no es para niñas.” La que guardó silencio y empezó a encogerse para caber en la forma que otros decidieron.
Después vino la otra: la joven que se enamoró creyendo que eso la salvaría. Que calló cuando dolía. Por miedo al juicio, al escándalo, al “tú te lo buscaste”. Aprendí a fingir que no pasaba nada. Aprendí a desaparecer.
Y luego estoy yo, ahora. La que sobrevivió. La que siguió adelante, como tantas, con la espalda recta y el alma en pausa. La que un día se miró al espejo y no supo cómo se llamaba.
Hoy, en este silencio, he empezado a escucharme. He abrazado a la niña sin reproches. Le he dicho que no fue culpa suya. He mirado a la joven y le he dado las gracias por resistir.
No estoy rota. Estoy compuesta de todas las veces que tuve que callar, pero no morí. Soy la suma de mis silencios y mis gritos. Una historia completa.
Por eso escribo. No para que me lean. Sino para no olvidarme. Porque si no cuento quién fui, me volveré invisible otra vez. No es fácil volver atrás. A veces duele más recordar que olvidar. Pero también es justo. Porque esa niña que fui merece ser mirada sin vergüenza. Y esa joven merece ser nombrada sin miedo.
He entendido que resistir también es una forma de hablar. Que aunque callé, mis gestos gritaron. Que cada paso que di hacia mí misma fue una forma de regreso.
Escribo para dejar constancia. Para mí. Para esa que fui. Para otras que, como yo, guardaron sus alas en cajones viejos. No para que me aplaudan, sino para que sepan que se puede volver. Que nunca es tarde para escucharse.
Porque no hay historia pequeña si se cuenta con verdad. Porque merecemos nombrarnos antes de que otros lo hagan por nosotras. Porque yo, al fin, me he encontrado.
Alberto Alvarez Bravo
Águilas (Murcia)
