Primer premio
EXISTIR ANTES DE EXISTIR.
BREVE ENSAYO SOBRE ÓVULOS, MEMORIA Y LAS MUJERES QUE NOS HABITAN.
Hay días que me despierto con la sensación de haber llegado tarde a mí misma. Como si mi existencia empezara mucho antes de que mi madre pronunciara mi nombre. Y no hablo del periodo en que flotaba plácidamente en su útero, sino de algo anterior, más sutil y asombroso: yo ya estaba en ella, cuando aún era una niña con la cara salpicada de pecas. Más atrás incluso: en el cuerpo de mi abuela. Dentro de ella – antes del deseo, antes de la idea – yo era una célula dormida. Un ovocito sin rostro, latiendo en el anonimato, esperando su turno.
La ciencia lo afirma con exactitud: las mujeres nacen con todos los óvulos que tendrán. Y, sin embargo, pocas veces se detiene a pensar en lo que eso significa más allá de la biología. Es decir, cuando mi madre era un embrión en el útero de mi abuela, sus óvulos (y entre ellos, yo) ya estaban ahí. En la infancia de mi abuela, en sus días de juegos, y en sus días de guerra, yo existía como una posibilidad minúscula. No como metáfora, sino como dato empírico. Y, sin embargo, ese dato encierra una potencia poética y política enorme. Porque las mujeres contenemos a las mujeres. Literalmente.
Y simbólicamente también. Nos llevamos unas a otras en el cuerpo y en la memoria. La ciencia lo formula con lenguaje clínico, pero olvida preguntarse qué significa para nosotras ser casa y semilla a la vez.
Me pregunto cuánto de nosotras se ha ignorado en los laboratorios. Cuántas veces nuestras voces quedaron atrapadas en códigos que nadie se molestó en descifrar. La ciencia que me explica también puede silenciarme, si no me reconoce como interlocutora. Y, sin embargo, estamos ahí: en la célula que resiste, en la estadística que no encaja, en la científica que investiga con preguntas que nacen del cuerpo. En la que se atreve a dudar de lo que siempre se dio por cierto.
Pienso que tal vez por eso el miedo que a veces siento no es del todo mío. Es un eco. Un rumor de siglos. Una alerta suave tejida con los hilos de una memoria que me precede.
Hay herencias que no aparecen en los testamentos, pero se transmiten como una melodía interna. Se cuelan en las decisiones que tomamos y en lo que no nos atrevemos a elegir. En las preguntas que aprendimos a no hacer. En los silencios que sostuvieron familias enteras. Susan Sontag escribió que la conciencia es una forma de dolor. Para nosotras, ese dolor tiene capas: memoria genética, memoria histórica, memoria emocional. Saberlo no siempre consuela. Pero da una lucidez que se parece mucho a la libertad. Nos obliga a preguntar: ¿qué de lo que soy me pertenece?, ¿qué es verdaderamente mío? ¿Y qué es parte de un guion escrito en cuerpos que nadie quiso leer?
A veces, al mirar a mi sobrina, siento emoción. Ella también estuvo en el cuerpo de su abuela materna. No es solo una maravilla biológica: es una responsabilidad ética. Lo que hacemos (y lo que callamos) deja huella. Y a veces el acto más revolucionario no es amar, sino elegir cómo. Cambiar el rumbo. Decir lo que antes se calló. Preguntar dónde antes se temía.
No somos eslabones. Somos capas. Capas de historia, de cuerpo, de deseo, de ciencia. Habitadas por otras mujeres, e inconscientemente habitando a las que vendrán. Nombrar esto es ejercer la conciencia como forma de resistencia. Y resistir, para nosotras, ha sido siempre una manera de amar. También una manera de hacer ciencia.
Anna Coll Miller
Madrid
