Mención especial
SEMILLAS DE IGUALDAD. EL LEGADO DE UNA MAESTRA
Lorca, junio de 1913. Es una mañana en la que el polvo se filtra suavemente entre la calle Nogalte y la Ramblilla de San Lázaro. Agustina barre la entrada de su modesta tienda de ultramarinos. “La guapa”, así la conocen en aquel rincón de barrio. Ojos grandes, expresivos y dulces pero con el carácter necesario para atender decentemente el negocio familiar.
Mientras limpia el zaguán está pensando en sus pequeñas cosas hasta que una mano en su hombro la saca de su ensimismamiento. Se giró sobresaltada. Es Antonia, la vecina más curiosa y metementodo de la calle Redón. – ¿Qué querrá ahora esta arpía?-.
– ¿Cómo le va a la maestrica por Alicante?, suelta sin preámbulo alguno, con esa mezcla de desdén y falso interés para hacer el máximo daño posible a sus convecinas.
-Estupendamente, le responde con cortesía. En tres años será maestra, estamos muy contentos por ella. -No entiendo como habéis dejado que vuestra pobre hija, se vaya sola a una ciudad tan grande continua Antonia sin darse por vencida. Si la queríais lejos de vuestra casa, simplemente tendríais que haberle buscado un buen novio, trabajador y temeroso de Dios, que os diera nietos en pocos años, como tiene que ser.
–Eso, Antonia, es cosa nuestra-, contesta Agustina con la firmeza que le da una decisión valiente pero muy meditada.
Sabe que en toda la calle es criticada por dejar a su hija irse a estudiar a Alicante y, enfadada, cierra la puerta sin despedirse.
Por la noche, sentada en su vieja silla de anea, mientras hacela caja del día, recuerda el trabajo que le costó convencer a su marido para que dejara a su hija Bernarda ir a cursar magisterio. Noches de silencio y espalda contra espalda en la cama hasta que lo consiguió. Todo eran pegas y problemas. El miedo a lo desconocido, se juntaba con el gran sacrificio económico que requería para una humilde familia comerciante de un pueblo de provincias como Lorca tener a una hija lejos de casa. Tres años se pasarían pronto le dijo a su marido para que dejara de dudar. Finalmente, él claudicó y Bernarda marchó a Alicante con las maestras Solaní.
Cuando se acuerda de las hermanas Solaní, aquellas inteligentes mujeres adelantadas a su tiempo, no puede conciliar el sueño. Una calurosa tarde entraron por el umbral de la tienda con una propuesta para cambiar la vida de su hija Bernarda. Se iría con ellas a Alicante a estudiar en la Escuela Normal. “Es lista y aplicada, Agustina. No puedes negarle esa oportunidad. Tiene madera de maestra. Habla con tu esposo, por favor”.
En vacaciones, Bernarda regresaba a Lorca con una maleta llena de proyectos y con la determinación intacta de convertirse en maestra. Daba clases particulares a niñas y señoritas para ayudar con los gastos de sus estudios, anunciándose con modestos honorarios en el semanario “El Tontolín”.
Una mañana, mientras se dirigía a impartir clase, se encontró con su amiga Juanita. Tras un afectuoso saludo, esta le comentó: ¿Sabes que en el taller de bordados han empezado a dar clases de lectura y escritura dos tardes a la semana?.
¿Quién os da las clases?- preguntó Bernarda sorprendida.
Dolores, la hija de Antonia y de José, el jefe del taller. Nos ha contado en secreto, que el año que viene quiere irse a estudiar para maestra como tú. Claro, si la dejan sus padres y su novio Esteban.
-Dile si la ves, que cuando ella quiera quedamos en la plaza de Colón o en las Alamedas y le explico lo especial que es estudiar magisterio. Me siento una privilegiada.
Días después, Bernarda está en la trastienda, cuando oye una voz conocida elevarse con tono enfurecido. Era Antonia, una vez más descargando su malicia sobre Agustina: “¿Quién le ha dado permiso a tu hija para ir por ahí calentándole la cabeza a mi Dolores para que se vaya a estudiar fuera de Lorca?.
A lo que Agustina le responde con firmeza, mi hija no tiene que pedir permiso a nadie para hablar. Le han preguntado y ha contado su experiencia, y lo importante que es para ella aprender y enseñar.
Bernarda no puede evitar emocionarse. Ha descorrido la cortina y se ha echado en brazos de Agustina. Se siente orgullosa de su madre y así se lo hace saber a Antonia, mientras esta sale de la tienda ofuscada y refunfuñando.
Más de cincuenta años después de aquel suceso, mientras Dolores la despedía con un beso en el aire desde la puerta de su clase, Bernarda bajaba por última vez las empinadas escaleras de la Graduada de la mano de su nieta, y a su alrededor, el bullicio de los niños saliendo de clase y ese inconfundible olor a pupitre, a encerado y a tiza, hacían que su corazón se llenara de una serena satisfacción por haber sido, toda una vida, maestra de escuela gracias a su familia.
Andrés Martínez Rodríguez
Lorca (Murcia)
