Cada otoño y cada primavera el reloj nos recuerda que el cuerpo tiene su propio ritmo. Escucharlo, darle luz, rutina y cariño es la mejor forma de ayudarlo a recuperarlo.
España volvió al horario de invierno en la madrugada del sábado 24 al domingo 25 de octubre, cuando a las 3:00 volvieron a ser las 2:00. Sobre el papel, una hora más de sueño suena a regalo. En la práctica, muchas mujeres de más de 50 notamos que esta semana nos cuesta más: nos despertamos antes de lo normal, sentimos cansancio por la tarde o estamos de peor humor sin saber muy bien por qué.
No son imaginaciones tuyas. Hay razones para que el cambio de hora nos afecte, y conocerlas ayuda mucho a afrontarlo.
Nuestro cuerpo funciona con un reloj interno, el ritmo circadiano, que regula el sueño, la temperatura corporal, el apetito, las hormonas y el estado de ánimo. Ese reloj se guía sobre todo por la luz. Cuando movemos la hora oficial, el reloj de la pared va por un lado y el del cuerpo por otro, y necesita unos días para ponerse al día.
En estos días podemos notar:
Con los años, el reloj interno se vuelve menos flexible y tarda más en adaptarse a los cambios. Además, a partir de los 50 se suman factores propios de esta etapa. Cada mujer es distinta, pero estas son las tendencias más habituales:
En los 50: las hormonas entran en juego.
La perimenopausia y la menopausia traen cambios hormonales que ya de por sí afectan al descanso: sofocos, sudoración nocturna, sueño fragmentado. Si ya dormimos con dificultad, el cambio de hora es una pieza más que desajusta un equilibrio delicado. Por eso en esta década puede notarse más el insomnio y la irritabilidad.
En los 60: nos volvemos más “madrugadoras”.
Con la edad, el reloj biológico tiende a adelantarse: nos entra sueño antes por la noche y nos despertamos más temprano. Con el horario de invierno, el sol sale y se pone una hora antes, y ese adelanto natural puede acentuarse. El sueño profundo también se reduce, así que el descanso es más ligero y cualquier ruido o cambio nos desvela.
En los 70 y más: la rutina y la luz son clave.
El organismo es más sensible a los cambios de luz y de horarios, y la adaptación puede llevar más días. Si además se pasa menos tiempo al aire libre, o se toman medicamentos que influyen en el sueño o en la somnolencia, el efecto puede ser mayor. Mantener rutinas estables es especialmente importante.
Lo bueno es que se trata de un desajuste temporal. Lo normal es que el cuerpo se readapte en unos días, o como mucho en una o dos semanas.
Si pasadas un par de semanas sigues durmiendo mal, te notas con un cansancio que no se va o un ánimo bajo persistente, habla con tu médico o tu farmacéutico. No tienes por qué aguantarlo: hay soluciones, y a veces el cambio de hora solo destapa algo que merece atención.